Escucha Música

Haz click aqui

Feliz Epifanía!!!

"... y al entrar en la casa, encontraron al niño con María, su madre, y postrándose, le rindieron homenaje. Luego, abriendo sus cofres, le ofrecieron dones: oro, incienso y mirra". (Mt 2, 11)

Jornada de Ayuno y Oración

Comunicado de los Obispos

reunidos en la

166º Comisión Permanente

 

Los Obispos reunidos en la Comisión Permanente queremos recordar a nuestros fieles y a todas las personas de buena voluntad el sentido e importancia de la Jornada de oración y ayuno, que propusimos para este 7 de diciembre como gesto penitencial que acompañe  nuestra preocupación expresada en la declaración: “El drama de la droga y el narcotráfico”.

La gravedad del tema requiere una actitud definida de toda la comunidad. Todos estamos invitados a participar de esta Jornada y hacer de ella un silencioso y profundo clamor que exprese nuestra decisión de erradicar este flagelo, prevenir y acompañar a nuestros hermanos y familias que han sido sus víctimas, y rezar por la conversión de quienes lucran con la vida de nuestros jóvenes.

Ponemos esta intención en las manos de nuestra Madre de Luján, Patrona de nuestra Patria.

 

166º Comisión Permanente
Buenos Aires, 3-4 de diciembre de 2013


1º Semana de Adviento

Tenemos cuatro semanas en las que Domingo a Domingo nos vamos preparando para la venida del Señor. La primera de las semanas de adviento está centrada en la venida del Señor al final de los tiempos. La liturgia nos invita a estar en vela, manteniendo una especial actitud de conversión.

 

La vigilancia en espera de la venida del Señor. Durante esta primer semana las lecturas bíblicas y la predicación son una invitación con las palabras del Evangelio: "Velen y estén preparados, que no saben cuándo llegará el momento". Es importante que, como familia nos hagamos un propósito que nos permita avanzar en el camino hacia la Navidad; ¿qué te parece si nos proponemos revisar nuestras relaciones familiares? Como resultado deberemos buscar el perdón de quienes hemos ofendido y darlo a quienes nos hayan ofendido para comenzar el Adviento viviendo en un ambiente de armonía y amor familiar. Desde luego, esto deberá ser extensivo también a los demás grupos de personas con los que nos relacionamos diariamente, como la escuela, el trabajo, los vecinos, etc. Esta semana, en familia al igual que en cada comunidad parroquial, encenderemos la primer vela de la Corona de Adviento, color morada, como signo de vigilancia y deseos de conversión.

I Semana.pdf
Documento Adobe Acrobat 254.5 KB

La Corona de Adviento

La corona o guirnalda de Adviento es el primer anuncio de Navidad.

 

La palabra ADVIENTO es de origen latín y quiere decir VENIDA. Es el tiempo en que los cristianos nos preparamos para la venida de Jesucristo. El tiempo de adviento abarca cuatro semanas antes de Navidad. 

 

Una costumbre significativa y de gran ayuda para vivir este tiempo es La corona o guirnalda de Adviento, es el primer anuncio de Navidad.

 

Para saber más descarga el archivo de abajo...

La Corona de Adviento.pdf
Documento Adobe Acrobat 227.6 KB

Adviento

Inicia con las vísperas del domingo más cercano al 30 de Noviembre y termina antes de las vísperas de la Navidad. Los domingos de este tiempo se llaman 1°, 2°, 3° y 4° de Adviento. Los días del 16 al 24 de diciembre (la Novena de Navidad) tienden a preparar más específicamente las fiestas de la Navidad.

El tiempo de Adviento tiene una duración de cuatro semanas. Este año, comienza el domingo 01 de diciembre, y se prolonga hasta la tarde del 24 de diciembre, en que comienza propiamente el tiempo de Navidad. Podemos distinguir dos periodos.

En el primero de ellos, que se extiende desde el primer domingo de Adviento hasta el 16 de diciembre, aparece con mayor relieve el aspecto escatológico y se nos orienta hacia la espera de la venida gloriosa de Cristo. Las lecturas de la misa invitan a vivir la esperanza en la venida del Señor en todos sus aspectos: su venida al final de los tiempos, su venida ahora, cada día, y su venida hace dos mil años.

 

En el segundo periodo, que abarca desde el 17 hasta el 24 de diciembre inclusive, se orienta más directamente a la preparación de la Navidad. Su nos invita a vivir con más alegría, porque estamos cerca del cumplimiento de lo que Dios había prometido. Los evangelios de estos días nos preparan ya directamente para el nacimiento de Jesús.

 

Para saber más descarga el archivo de abajo...

Esquema del Adviento.pdf
Documento Adobe Acrobat 83.9 KB

¿Qué día se celebra la Inmaculada Concepción este año en Argentina?

Ha sorprendido a muchos el hecho de que el calendario litúrgico de la Conferencia Episcopal Argentina (CEA) señale que este año 2013 la solemnidad de la Inmaculada Concepción se celebra el lunes 9 de diciembre y sin primeras vísperas. Sin embargo se celebrará en Argentina el mismo 8 de diciembre. ¿Por qué? Lo explicamos brevemente.

 

Según los principios generales

 

Las Normas Universales sobre el Año Litúrgico y el Calendario establecen que los domingos de Adviento tienen precedencia sobre la Solemnidades del Señor, de la Santísima Virgen y de los santos inscriptas en el Calendario general, y determina que cuando concurren varias celebraciones, se celebra aquella que en la Tabla de los días litúrgicos ocupe el lugar superior, transfiriendo la inferior a la fecha más cercana. Ésta es la razón por la cual el calendario de la CEA determina como fecha de celebración de la Inmaculada Concepción el lunes 9 de diciembre, y no el 8 de diciembre, 2º domingo de Adviento, que es la fecha habitual.

 

Excepción a pedido de la CEA 

 

Sin embargo la CEA, de acuerdo al principio según el cual sólo la misma autoridad que establece una norma puede dispensarla, ha pedido  a la Congregación para el Culto divino y Disciplina de los Sacramentos en Roma, el 12 de noviembre de este año, la autorización para no tener que solicitar de ahora en más la excepción para celebrar la Solemnidad de la Inmaculada Concepción el 8 de diciembre cuando coincida con un domingo de Adviento. En este sentido, la Congregación ha resuelto el 27 de noviembre dejar en manos de la CEA la facultad de dar esta dispensa en adelante en atención al grado de la solemnidad y de la tradición que esta fiesta tiene en la Argentina. Por lo tanto, la Inmaculada Concepción se celebrará esta año 2013 en Argentina el mismo 8 de diciembre. Esto es válido para Argentina, otros países dependen del pedido de autorización de sus respectivas conferencias episcopales, como por ejemplo lo ha hecho España ya hace tiempo.

Así el Calendario Litúrgico de la CEA, impreso el año pasado, ha quedado en este punto desactualizado.

 

Bajo qué condiciones se celebra el 8 de diciembre

 

Sin embargo la Congregación pone condiciones para la celebración de la Inmaculada Concepción a fin de asegurar el sentido del domingo de Adviento en el cual cae.

 

1º La excepción es sólo para las misas con pueblo, esto se entiende porque la facultad se concede por razones pastorales.

2º La segunda lectura de la Misa sea la del domingo de Adviento (no la de la solemnidad de la Inmaculada Concepción).

3º En la homilía se haga mención al Adviento.

4º En la Oración de los fieles se haga al menos una oración con el sentido del Adviento y se concluya con la Oración Colecta del segundo domingo de Adviento.

 

Síntesis

 

En Argentina la solemnidad de la Inmaculada Concepción se celebra el domingo 8 de diciembre, con sus respectivas primeras vísperas el sábado, y atendiendo a las condiciones establecidas más arriba.

 

Exhortación Apostólica "Evangelii Gaudium"

Aqui puedes descargar la Exhortación Apostólica

Evangelii Gaudium.pdf
Documento Adobe Acrobat 1'009.3 KB

Cierre del Año de la Fe

Habemus Papam "FRANCISCO"

Papa Francisco
Papa Francisco
Escudo Papal
Escudo Papal

EXPLICACIÓN DEL ESCUDO

 

miserando atque eligendo

 

EL ESCUDO

 

En los rasgos, esenciales, el Papa Francisco ha decidido conservar su escudo anterior, elegido desde su consagración episcopal y caracterizado por una sencillez lineal.

Sobre el escudo, azul, se hallan los símbolos de la dignidad pontificia, iguales a los que deseó el predecesor, Benedicto XVI (mitra entre llaves de oro y plata, entrelazadas por un cordón rojo). En lo alto se refleja el emblema de la Orden de procedencia del Papa, la Compañía de Jesús: un sol radiante y llameante con las letras, en rojo, IHS, monograma de Cristo. Encima de la letra h se halla una cruz; en la punta, los tres clavos en negro.

En la parte inferior se contempla la estrella y la flor de nardo. La estrella, según la antigua tradición heráldica, simboliza a la Virgen María, Madre de Cristo y de la Iglesia; la flor de nardo indica a san José, patrono de la Iglesia universal. En la tradición iconográfica hispánica, en efecto, san José se representa con un ramo de nardo en la mano. Al incluir en su escudo estas imágenes el Papa desea expresar su especial devoción hacia la Virgen Santísima y san José.

 

 

EL LEMA

 

El lema del Santo Padre Francisco procede de las Homilías de san Beda el Venerable, sacerdote (Hom. 21; CCL 122, 149-151), quien, comentando el episodio evangélico de la vocación de san Mateo, escribe: «Vidit ergo Iesus publicanum et quia miserando atque eligendo vidit, ait illi Sequere me (Vio Jesús a un publicano, y como le miró con sentimiento de amor y le eligió, le dijo: Sígueme)».

Esta homilía es un homenaje a la misericordia divina y se reproduce en la Liturgia de las Horas de la fiesta de san Mateo. Reviste un significado particular en la vida y en el itinerario espiritual del Papa. En efecto, en la fiesta de san Mateo del año 1953, el joven Jorge Bergoglio experimentó, a la edad de 17 años, de un modo del todo particular, la presencia amorosa de Dios en su vida. Después de una confesión, sintió su corazón tocado y advirtió la llegada de la misericordia de Dios, que, con mirada de tierno amor, le llamaba a la vida religiosa a ejemplo de san Ignacio de Loyola.

Una vez elegido obispo, monseñor Bergoglio, en recuerdo de tal acontecimiento, que marcó los inicios de su total consagración a Dios en Su Iglesia, decidió elegir, como lema y programa de vida, la expresión de san Beda miserando atque eligendo, que también ha querido reproducir en su escudo pontificio.

 


Oremos por nuestro Santo Padre Benedicto XVI, para que el Señor le retribuya con el premio de su reconocimiento y bendición por estos años de luminoso pontificado

Queridos hermanos y hermanas:

 

Los invito a orar por el Santo Padre, especialmente en estos días y hasta el 28 de febrero.

 

Mons. César Daniel Fernández

Obispo de Jujuy

ORACIÓN POR EL PAPA BENEDICTO XVI

 

Jesús Señor y Esposo de la Iglesia: renovamos en tu presencia nuestra adhesión incondicional a tu Vicario en la tierra, el Papa. Hoy especialmente te agradecemos por el fecundo ministerio llevado durante estos años por Benedicto XVI. En él Tú has querido mostrarnos el camino seguro y cierto que debemos seguir. Creemos firmemente que, por medio de él, Tú nos has gobernado, enseñado, santificado, y bajo su cayado formamos la verdadera Iglesia: una, santa, católica y apostólica. Concédenos la gracia de amar, vivir y propagar como hijos fieles sus enseñanzas.

 

Cristo Jesús cuídalo en este momento de su vida temporal para que con su oración piadosa pueda seguir sirviendo a la Iglesia Católica, con la misma luz y gracia que lo hizo desde su juventud como sacerdote fiel, teólogo insigne, obispo y padre de su grey, colaborador del beato Juan Pablo II y finalmente como Pastor Supremo de la Iglesia.

 

María Madre y Reina de la Iglesia bendice a nuestro Santo Padre y consigue que Jesús, un día, lo premie con la corona reservada para los Pastores fieles y prudentes que han dado el alimento al Pueblo Santo en el momento oportuno.


 


El Papa Benedicto XVI invita a la conversión durante la Cuaresma

Comparte por 


Mensaje de nuestro Obispo

Mons. César Daniel Fernández

para la Cuaresma 2013

 

“Conviértanse y crean en el Evangelio”

(Mc 1,15)

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

            Nuevamente la gracia de Dios nos permite comenzar este santo tiempo de Cuaresma que nos ayuda a disponernos para la celebración del Misterio Pascual de Jesús: su Pasión, Muerte y Resurrección.

                  Unidos a toda la Iglesia queremos agradecer al Santo Padre Benedicto XVI su servicio a la Iglesia durante estos casi 8 años como Pastor Universal. Pedimos al Señor que lo reconforte en esta debilidad que experimenta a causa de los años y le haga sentir el amor de todos los miembros de la Iglesia. Con la certeza de que el Espíritu de Dios guía a la Iglesia aceptamos su decisión de renunciar al ministerio de Obispo de Roma, Sucesor de San Pedro, a la vez que pedimos que ese mismo Espíritu llene de sabiduría a los Cardenales que deberán dar un nuevo Obispo para Roma y Supremo Pastor de la Santa Iglesia Católica...

 

 

Descarga el texto completo en el link de abajo


Texto en PDF
Mensaje de Cuaresma 2013.pdf
Documento Adobe Acrobat 259.6 KB

Catequesis del Papa sobre el origen de Jesús y la acción de Dios


Queridos hermanos y hermanas:

 

La Natividad del Señor ilumina una vez más con su luz la oscuridad que a menudo rodea nuestro mundo y nuestros corazones, trayendo esperanza y alegría. ¿De dónde viene esta la luz? De la cueva de Belén, donde los pastores encontraron a "María y José y el niño, acostado en un pesebre" (Lc 2,16).

 

Ante esta Sagrada Familia surge una pregunta más profunda: ¿cómo puede aquel Niño pequeño y débil haber traído al mundo una novedad tan radical para cambiar el curso de la historia? ¿No hay quizá algo misterioso en su origen, que va más allá de esa cueva?

 

Una y otra vez surge la cuestión sobre el origen de Jesús, la misma que pone el Procurador Poncio Pilato durante el juicio: "¿De dónde eres tú?" (Jn 19,9). Sin embargo, su origen es muy claro. En el Evangelio de Juan, cuando el Señor dice: "Yo soy el pan que ha bajado del cielo", los judíos reaccionan murmurando: "¿Acaso este no es Jesús, el hijo de José? Nosotros conocemos a su padre y a su madre. ¿Cómo puede decir entonces: "Yo he bajado del cielo?" (Jn 6,42).

Y, un poco más tarde, los habitantes de Jerusalén se oponen con fuerza a la pretensión de mesianidad de Jesús, afirmando que se sabe "de dónde es éste; en cambio, cuando venga el Mesías, nadie sabrá de dónde es." (Jn 7,27). Jesús mismo señala lo inadecuado de su pretensión de conocer su origen, y con ello ofrece una guía para saber de dónde viene: "yo no vine por mi propia cuenta; pero el que me envió dice la verdad, y ustedes no lo conocen"(Jn 7,28). Por supuesto, Jesús era de Nazaret, nacido en Belén, ¿pero qué es lo que se sabe acerca de su verdadero origen?

 

En los cuatro Evangelios es clara la respuesta a la pregunta "de dónde" viene Jesús: su verdadero origen es el Padre; Él viene enteramente de Él, pero de una manera distinta a cualquier profeta o enviado por Dios que le han precedido. El origen sobre el misterio de Dios, "que nadie conoce" está ya contenido en los relatos de la infancia de los Evangelios de Mateo y Lucas, que leemos en este tiempo de Navidad.

 

El ángel Gabriel anuncia: "El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios". (Lc 1,35). Repetimos estas palabras cada vez que rezamos el Credo, la profesión de fe: "Incarnatus et est de Spiritu Sancto ex Maria Virgine", "por obra del Espíritu Santo se encarnó en el vientre de la Virgen María".

 

Ante esta frase inclinamos nuestras cabezas porque el velo que ocultaba a Dios, por así decirlo, se abre y su misterio insondable e inaccesible a nosotros se toca: Dios se convierte en Emmanuel, "Dios con nosotros". Cuando escuchamos las misas compuestas por los grandes maestros de la música sacra, pienso por ejemplo en la Gran Misa de Mozart, de inmediato notamos cómo fijan la atención especialmente en esta frase, como tratando de expresar con el lenguaje universal de la música lo que las palabras no pueden manifestar: el gran misterio de Dios que se encarna, y se hace hombre.

 

Si consideramos con atención la expresión "por obra del Espíritu Santo se encarnó en el vientre de María, la Virgen", encontramos que incluye cuatro entidades que actúan. Se mencionan explícitamente el Espíritu Santo y María, pero se sobre entiende "Él", es decir, el Hijo, que se hizo carne en el seno de la Virgen.

 

En la profesión de fe, en el Credo, Jesús viene definido con diferentes nombres: "Señor,... Cristo, unigénito Hijo de Dios... Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero... de la misma sustancia que el Padre" (Credo niceno-constantinopolitano). Vemos entonces que "Él" remite a otra persona, la del Padre. El primer sujeto de esta frase es, por lo tanto, el Padre, que con el Hijo y el Espíritu Santo, es el único Dios.

Esta afirmación del Credo no se refiere al ser eterno de Dios, sino que habla de una acción en la que toman parte las tres Personas divinas y que se realiza "ex Maria Virgine". Sin ella, la entrada de Dios en la historia humana no hubiera llegado a su fin, y no hubiera sido posible aquello que es fundamental para nuestra Profesión de fe: Dios es un Dios con nosotros. Así que María forma parte esencial de nuestra fe en el Dios que actúa, que interviene en la historia. Ella ofrece su persona entera, "acepta" convertirse en la morada de Dios.

 

A veces, también en el camino y en la vida de fe podemos percibir nuestra pobreza, nuestra incapacidad ante el testimonio que debemos ofrecer al mundo. Pero Dios eligió, precisamente, a una mujer humilde, en una aldea desconocida, en una de las provincias más lejanas del gran Imperio Romano.

 

Siempre, aun en medio de las dificultades más arduas que hay que afrontar, debemos confiar en Dios, renovando la fe en su presencia y en su acción en nuestra historia, como en la de María ¡Nada es imposible para Dios! Con Él, nuestra existencia camina siempre sobre un terreno seguro y está abierta a un futuro de esperanza firme.

 

Profesando en el Credo: "por obra del Espíritu Santo se encarnó de María Virgen," afirmamos que el Espíritu Santo, como poder del Dios Altísimo, ha obrado de forma misteriosa en la Virgen María la concepción del Hijo de Dios. El evangelista Lucas narra las palabras del Arcángel Gabriel: " El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. " (1,35).

 

Dos referencias son evidentes: la primera es la de la creación. Al comienzo del libro del Génesis leemos que " el Espíritu de Dios se cernía sobre las aguas" (1,2), es el Espíritu Creador que dio vida a todas las cosas y al ser humano. Lo que sucede en María, por obra del mismo Espíritu divino, es una nueva creación: Dios que ha llamado al ser de la nada, con la Encarnación da vida a un nuevo comienzo de la humanidad. Los Padres de la Iglesia en varias ocasiones hablan de Cristo como nuevo Adán, para marcar el comienzo de la nueva creación del nacimiento del Hijo de Dios en el vientre de la Virgen María.

 

Esto nos hace reflexionar sobre cómo la fe nos brinda también a nosotros una novedad tan fuerte que produce un segundo nacimiento. De hecho, en el comienzo de la vida cristiana está el Bautismo, que nos hace nacer de nuevo como hijos de Dios, nos hace participar en la relación filial que Jesús tiene con el Padre. Y me gustaría señalar que el Bautismo se recibe, "somos bautizados" –es un pasivo– porque nadie es capaz de hacerse hijo por sí mismo: es un don conferido de forma gratuita.

 

San Pablo recuerda esta filiación adoptiva de los cristianos en un pasaje central de su Carta a los Romanos y escribe: "Todos los que son conducidos por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Y ustedes no han recibido un espíritu de esclavos para volver a caer en el temor, sino el espíritu de hijos adoptivos, que nos hace llamar a Dios ‘¡Abbá, Padre! El mismo Espíritu se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios". (8, 14-16).

 

Sólo si nos abrimos a la acción de Dios, como María, sólo si encomendamos nuestra vida al Señor como a un amigo en el que confiamos plenamente, todo cambia, nuestra vida adquiere un sentido nuevo y un rostro nuevo: el de hijos de un Padre que nos ama y no nos abandona nunca.

 

Por último, me gustaría señalar otro elemento más en las palabras de la Anunciación. El ángel le dice a María: " El poder del Altísimo te cubrirá con su sombra". Es una evocación de la nube santa, que durante el camino del Éxodo, se detenía sobre la Tienda del Encuentro, sobre el arca de la alianza, que el pueblo de Israel llevaba consigo y que indicaba la presencia de Dios (cfr. Ex 40, 34-38).

 

María es la nueva tienda santa, la nueva Arca de la Alianza, con su "sí" a las palabras del Arcángel, Dios recibe una morada en este mundo, Aquel que el universo no puede contener viene a morar en el vientre de una virgen.

 

Volvamos entonces a la pregunta con la que comenzamos, la del origen de Jesús, sintetizada por la pregunta de Pilato: "¿De dónde vienes?". En estas reflexiones, parece claro desde el principio de los Evangelios, cuál es el verdadero origen de Jesús: Él es el Unigénito del Padre, viene de Dios.

 

Estamos ante el gran e impactante misterio de la Navidad: el Hijo de Dios, por obra del Espíritu Santo, se ha encarnado en el seno de la Virgen María. Éste es un anuncio que resuena siempre nuevamente y que lleva consigo esperanza y alegría a nuestros corazones, porque cada vez nos da la certeza, aunque a menudo nos sintamos débiles, pobres e incapaces ante las dificultades y el mal del mundo, de que el poder de Dios actúa siempre y obra maravillas, precisamente en la debilidad. Su gracia es nuestra fuerza (cfr. 2 Cor 12,9-10).

 

Talleres Diocesanos 2013

 

 

Para ver haz click aqui.


 Mensaje de su santidad Benedicto XVI

 

Para la celebración de la XLVI

Jornada Mundial de la Paz

1 de enero de 2013

 

“Bienaventurados los que trabajan por la paz”

 

1. Cada nuevo año trae consigo la esperanza de un mundo mejor. En esta perspectiva, pido a Dios, Padre de la humanidad, que nos conceda la concordia y la paz, para que se puedan cumplir las aspiraciones de una vida próspera y feliz para todos.

Trascurridos 50 años del Concilio Vaticano II, que ha contribuido a fortalecer la misión de la Iglesia en el mundo, es alentador constatar que los cristianos, como Pueblo de Dios en comunión con él y caminando con los hombres, se comprometen en la historia compartiendo las alegrías y esperanzas, las tristezas y angustias[1], anunciando la salvación de Cristo y promoviendo la paz para todos.

En efecto, este tiempo nuestro, caracterizado por la globalización, con sus aspectos positivos y negativos, así como por sangrientos conflictos aún en curso, y por amenazas de guerra, reclama un compromiso renovado y concertado en la búsqueda del bien común, del desarrollo de todos los hombres y de todo el hombre.

Causan alarma los focos de tensión y contraposición provocados por la creciente desigualdad entre ricos y pobres, por el predominio de una mentalidad egoísta e individualista, que se expresa también en un capitalismo financiero no regulado. Aparte de las diversas formas de terrorismo y delincuencia internacional, representan un peligro para la paz los fundamentalismos y fanatismos que distorsionan la verdadera naturaleza de la religión, llamada a favorecer la comunión y la reconciliación entre los hombres.

Y, sin embargo, las numerosas iniciativas de paz que enriquecen el mundo atestiguan la vocación innata de la humanidad hacia la paz. El deseo de paz es una aspiración esencial de cada hombre, y coincide en cierto modo con el deseo de una vida humana plena, feliz y lograda. En otras palabras, el deseo de paz se corresponde con un principio moral fundamental, a saber, con el derecho y el deber a un desarrollo integral, social, comunitario, que forma parte del diseño de Dios sobre el hombre. El hombre está hecho para la paz, que es un don de Dios.

Todo esto me ha llevado a inspirarme para este mensaje en las palabras de Jesucristo: «Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios» (Mt 5,9).

 

 

La bienaventuranza evangélica


2. Las bienaventuranzas proclamadas por Jesús (cf. Mt 5,3-12; Lc 6,20-23) son promesas. En la tradición bíblica, en efecto, la bienaventuranza pertenece a un género literario que comporta siempre una buena noticia, es decir, un evangelio que culmina con una promesa. Por tanto, las bienaventuranzas no son meras recomendaciones morales, cuya observancia prevé que, a su debido tiempo –un tiempo situado normalmente en la otra vida–, se obtenga una recompensa, es decir, una situación de felicidad futura. La bienaventuranza consiste más bien en el cumplimiento de una promesa dirigida a todos los que se dejan guiar por las exigencias de la verdad, la justicia y el amor. Quienes se encomiendan a Dios y a sus promesas son considerados frecuentemente por el mundo como ingenuos o alejados de la realidad. Sin embargo, Jesús les declara que, no sólo en la otra vida sino ya en ésta, descubrirán que son hijos de Dios, y que, desde siempre y para siempre, Dios es totalmente solidario con ellos. Comprenderán que no están solos, porque él está a favor de los que se comprometen con la verdad, la justicia y el amor. Jesús, revelación del amor del Padre, no duda en ofrecerse con el sacrificio de sí mismo. Cuando se acoge a Jesucristo, Hombre y Dios, se vive la experiencia gozosa de un don inmenso: compartir la vida misma de Dios, es decir, la vida de la gracia, prenda de una existencia plenamente bienaventurada. En particular, Jesucristo nos da la verdadera paz que nace del encuentro confiado del hombre con Dios.

La bienaventuranza de Jesús dice que la paz es al mismo tiempo un don mesiánico y una obra humana. En efecto, la paz presupone un humanismo abierto a la trascendencia. Es fruto del don recíproco, de un enriquecimiento mutuo, gracias al don que brota de Dios, y que permite vivir con los demás y para los demás. La ética de la paz es ética de la comunión y de la participación. Es indispensable, pues, que las diferentes culturas actuales superen antropologías y éticas basadas en presupuestos teórico-prácticos puramente subjetivistas y pragmáticos, en virtud de los cuales las relaciones de convivencia se inspiran en criterios de poder o de beneficio, los medios se convierten en fines y viceversa, la cultura y la educación se centran únicamente en los instrumentos, en la tecnología y la eficiencia. Una condición previa para la paz es el desmantelamiento de la dictadura del relativismo moral y del presupuesto de una moral totalmente autónoma, que cierra las puertas al reconocimiento de la imprescindible ley moral natural inscrita por Dios en la conciencia de cada hombre. La paz es la construcción de la convivencia en términos racionales y morales, apoyándose sobre un fundamento cuya medida no la crea el hombre, sino Dios: « El Señor da fuerza a su pueblo, el Señor bendice a su pueblo con la paz », dice el Salmo 29 (v. 11).

 

La paz, don de Dios y obra del hombre

3. La paz concierne a la persona humana en su integridad e implica la participación de todo el hombre. Se trata de paz con Dios viviendo según su voluntad. Paz interior con uno mismo, y paz exterior con el prójimo y con toda la creación. Comporta principalmente, como escribió el beato Juan XXIII en la Encíclica Pacem in Terris, de la que dentro de pocos meses se cumplirá el 50 aniversario, la construcción de una convivencia basada en la verdad, la libertad, el amor y la justicia[2]. La negación de lo que constituye la verdadera naturaleza del ser humano en sus dimensiones constitutivas, en su capacidad intrínseca de conocer la verdad y el bien y, en última instancia, a Dios mismo, pone en peligro la construcción de la paz. Sin la verdad sobre el hombre, inscrita en su corazón por el Creador, se menoscaba la libertad y el amor, la justicia pierde el fundamento de su ejercicio.

Para llegar a ser un auténtico trabajador por la paz, es indispensable cuidar la dimensión trascendente y el diálogo constante con Dios, Padre misericordioso, mediante el cual se implora la redención que su Hijo Unigénito nos ha conquistado. Así podrá el hombre vencer ese germen de oscuridad y de negación de la paz que es el pecado en todas sus formas: el egoísmo y la violencia, la codicia y el deseo de poder y dominación, la intolerancia, el odio y las estructuras injustas.

La realización de la paz depende en gran medida del reconocimiento de que, en Dios, somos una sola familia humana. Como enseña la Encíclica Pacem in Terris, se estructura mediante relaciones interpersonales e instituciones apoyadas y animadas por un « nosotros » comunitario, que implica un orden moral interno y externo, en el que se reconocen sinceramente, de acuerdo con la verdad y la justicia, los derechos recíprocos y los deberes mutuos. La paz es un orden vivificado e integrado por el amor, capaz de hacer sentir como propias las necesidades y las exigencias del prójimo, de hacer partícipes a los demás de los propios bienes, y de tender a que sea cada vez más difundida en el mundo la comunión de los valores espirituales. Es un orden llevado a cabo en la libertad, es decir, en el modo que corresponde a la dignidad de las personas, que por su propia naturaleza racional asumen la responsabilidad de sus propias obras[3].

La paz no es un sueño, no es una utopía: la paz es posible. Nuestros ojos deben ver con mayor profundidad, bajo la superficie de las apariencias y las manifestaciones, para descubrir una realidad positiva que existe en nuestros corazones, porque todo hombre ha sido creado a imagen de Dios y llamado a crecer, contribuyendo a la construcción de un mundo nuevo. En efecto, Dios mismo, mediante la encarnación del Hijo, y la redención que él llevó a cabo, ha entrado en la historia, haciendo surgir una nueva creación y una alianza nueva entre Dios y el hombre (cf. Jr 31,31-34), y dándonos la posibilidad de tener « un corazón nuevo » y « un espíritu nuevo » (cf. Ez 36,26).

Precisamente por eso, la Iglesia está convencida de la urgencia de un nuevo anuncio de Jesucristo, el primer y principal factor del desarrollo integral de los pueblos, y también de la paz. En efecto, Jesús es nuestra paz, nuestra justicia, nuestra reconciliación (cf. Ef 2,14; 2Co 5,18). El que trabaja por la paz, según la bienaventuranza de Jesús, es aquel que busca el bien del otro, el bien total del alma y el cuerpo, hoy y mañana.

A partir de esta enseñanza se puede deducir que toda persona y toda comunidad –religiosa, civil, educativa y cultural– está llamada a trabajar por la paz. La paz es principalmente la realización del bien común de las diversas sociedades, primarias e intermedias, nacionales, internacionales y de alcance mundial. Precisamente por esta razón se puede afirmar que las vías para construir el bien común son también las vías a seguir para obtener la paz.

 

 

Los que trabajan por la paz son quienes aman, defienden y promueven la vida en su integridad


4. El camino para la realización del bien común y de la paz pasa ante todo por el respeto de la vida humana, considerada en sus múltiples aspectos, desde su concepción, en su desarrollo y hasta su fin natural. Auténticos trabajadores por la paz son, entonces, los que aman, defienden y promueven la vida humana en todas sus dimensiones: personal, comunitaria y transcendente. La vida en plenitud es el culmen de la paz. Quien quiere la paz no puede tolerar atentados y delitos contra la vida.

Quienes no aprecian suficientemente el valor de la vida humana y, en consecuencia, sostienen por ejemplo la liberación del aborto, tal vez no se dan cuenta que, de este modo, proponen la búsqueda de una paz ilusoria. La huida de las responsabilidades, que envilece a la persona humana, y mucho más la muerte de un ser inerme e inocente, nunca podrán traer felicidad o paz. En efecto, ¿cómo es posible pretender conseguir la paz, el desarrollo integral de los pueblos o la misma salvaguardia del ambiente, sin que sea tutelado el derecho a la vida de los más débiles, empezando por los que aún no han nacido? Cada agresión a la vida, especialmente en su origen, provoca inevitablemente daños irreparables al desarrollo, a la paz, al ambiente. Tampoco es justo codificar de manera subrepticia falsos derechos o libertades, que, basados en una visión reductiva y relativista del ser humano, y mediante el uso hábil de expresiones ambiguas encaminadas a favorecer un pretendido derecho al aborto y a la eutanasia, amenazan el derecho fundamental a la vida.

También la estructura natural del matrimonio debe ser reconocida y promovida como la unión de un hombre y una mujer, frente a los intentos de equipararla desde un punto de vista jurídico con formas radicalmente distintas de unión que, en realidad, dañan y contribuyen a su desestabilización, oscureciendo su carácter particular y su papel insustituible en la sociedad.

Estos principios no son verdades de fe, ni una mera derivación del derecho a la libertad religiosa. Están inscritos en la misma naturaleza humana, se pueden conocer por la razón, y por tanto son comunes a toda la humanidad. La acción de la Iglesia al promoverlos no tiene un carácter confesional, sino que se dirige a todas las personas, prescindiendo de su afiliación religiosa. Esta acción se hace tanto más necesaria cuanto más se niegan o no se comprenden estos principios, lo que es una ofensa a la verdad de la persona humana, una herida grave inflingida a la justicia y a la paz.

Por tanto, constituye también una importante cooperación a la paz el reconocimiento del derecho al uso del principio de la objeción de conciencia con respecto a leyes y medidas gubernativas que atentan contra la dignidad humana, como el aborto y la eutanasia, por parte de los ordenamientos jurídicos y la administración de la justicia.

Entre los derechos humanos fundamentales, también para la vida pacífica de los pueblos, está el de la libertad religiosa de las personas y las comunidades. En este momento histórico, es cada vez más importante que este derecho sea promovido no sólo desde un punto de vista negativo, comolibertad frente –por ejemplo, frente a obligaciones o constricciones de la libertad de elegir la propia religión–, sino también desde un punto de vista positivo, en sus varias articulaciones, comolibertad de, por ejemplo, testimoniar la propia religión, anunciar y comunicar su enseñanza, organizar actividades educativas, benéficas o asistenciales que permitan aplicar los preceptos religiosos, ser y actuar como organismos sociales, estructurados según los principios doctrinales y los fines institucionales que les son propios. Lamentablemente, incluso en países con una antigua tradición cristiana, se están multiplicando los episodios de intolerancia religiosa, especialmente en relación con el cristianismo o de quienes simplemente llevan signos de identidad de su religión.

El que trabaja por la paz debe tener presente que, en sectores cada vez mayores de la opinión pública, la ideología del liberalismo radical y de la tecnocracia insinúan la convicción de que el crecimiento económico se ha de conseguir incluso a costa de erosionar la función social del Estado y de las redes de solidaridad de la sociedad civil, así como de los derechos y deberes sociales. Estos derechos y deberes han de ser considerados fundamentales para la plena realización de otros, empezando por los civiles y políticos.

Uno de los derechos y deberes sociales más amenazados actualmente es el derecho al trabajo. Esto se debe a que, cada vez más, el trabajo y el justo reconocimiento del estatuto jurídico de los trabajadores no están adecuadamente valorizados, porque el desarrollo económico se hace depender sobre todo de la absoluta libertad de los mercados. El trabajo es considerado una mera variable dependiente de los mecanismos económicos y financieros. A este propósito, reitero que la dignidad del hombre, así como las razones económicas, sociales y políticas, exigen que « se siga buscando como prioridad el objetivo del acceso al trabajo por parte de todos, o lo mantengan »[4]. La condición previa para la realización de este ambicioso proyecto es una renovada consideración del trabajo, basada en los principios éticos y valores espirituales, que robustezca la concepción del mismo como bien fundamental para la persona, la familia y la sociedad. A este bien corresponde un deber y un derecho que exigen nuevas y valientes políticas de trabajo para todos.

 

 

Construir el bien de la paz mediante un nuevo modelo de desarrollo y de economía


5. Actualmente son muchos los que reconocen que es necesario un nuevo modelo de desarrollo, así como una nueva visión de la economía. Tanto el desarrollo integral, solidario y sostenible, como el bien común, exigen una correcta escala de valores y bienes, que se pueden estructurar teniendo a Dios como referencia última. No basta con disposiciones de muchos medios y una amplia gama de opciones, aunque sean de apreciar. Tanto los múltiples bienes necesarios para el desarrollo, como las opciones posibles deben ser usados según la perspectiva de una vida buena, de una conducta recta que reconozca el primado de la dimensión espiritual y la llamada a la consecución del bien común. De otro modo, pierden su justa valencia, acabando por ensalzar nuevos ídolos.

Para salir de la actual crisis financiera y económica – que tiene como efecto un aumento de las desigualdades – se necesitan personas, grupos e instituciones que promuevan la vida, favoreciendo la creatividad humana para aprovechar incluso la crisis como una ocasión de discernimiento y un nuevo modelo económico. El que ha prevalecido en los últimos decenios postulaba la maximización del provecho y del consumo, en una óptica individualista y egoísta, dirigida a valorar a las personas sólo por su capacidad de responder a las exigencias de la competitividad. Desde otra perspectiva, sin embargo, el éxito auténtico y duradero se obtiene con el don de uno mismo, de las propias capacidades intelectuales, de la propia iniciativa, puesto que un desarrollo económico sostenible, es decir, auténticamente humano, necesita del principio de gratuidad como manifestación de fraternidad y de la lógica del don[5]. En concreto, dentro de la actividad económica, el que trabaja por la paz se configura como aquel que instaura con sus colaboradores y compañeros, con los clientes y los usuarios, relaciones de lealtad y de reciprocidad. Realiza la actividad económica por el bien común, vive su esfuerzo como algo que va más allá de su propio interés, para beneficio de las generaciones presentes y futuras. Se encuentra así trabajando no sólo para sí mismo, sino también para dar a los demás un futuro y un trabajo digno.

En el ámbito económico, se necesitan, especialmente por parte de los estados, políticas de desarrollo industrial y agrícola que se preocupen del progreso social y la universalización de un estado de derecho y democrático. Es fundamental e imprescindible, además, la estructuración ética de los mercados monetarios, financieros y comerciales; éstos han de ser estabilizados y mejor coordinados y controlados, de modo que no se cause daño a los más pobres. La solicitud de los muchos que trabajan por la paz se debe dirigir además – con una mayor resolución respecto a lo que se ha hecho hasta ahora – a atender la crisis alimentaria, mucho más grave que la financiera. La seguridad de los aprovisionamientos de alimentos ha vuelto a ser un tema central en la agenda política internacional, a causa de crisis relacionadas, entre otras cosas, con las oscilaciones repentinas de los precios de las materias primas agrícolas, los comportamientos irresponsables por parte de algunos agentes económicos y con un insuficiente control por parte de los gobiernos y la comunidad internacional. Para hacer frente a esta crisis, los que trabajan por la paz están llamados a actuar juntos con espíritu de solidaridad, desde el ámbito local al internacional, con el objetivo de poner a los agricultores, en particular en las pequeñas realidades rurales, en condiciones de poder desarrollar su actividad de modo digno y sostenible desde un punto de vista social, ambiental y económico.

 

 

La educación a una cultura de la paz: el papel de la familia y de las instituciones


6. Deseo reiterar con fuerza que todos los que trabajan por la paz están llamados a cultivar la pasión por el bien común de la familia y la justicia social, así como el compromiso por una educación social idónea.

Ninguno puede ignorar o minimizar el papel decisivo de la familia, célula base de la sociedad desde el punto de vista demográfico, ético, pedagógico, económico y político. Ésta tiene como vocación natural promover la vida: acompaña a las personas en su crecimiento y las anima a potenciarse mutuamente mediante el cuidado recíproco. En concreto, la familia cristiana lleva consigo el germen del proyecto de educación de las personas según la medida del amor divino. La familia es uno de los sujetos sociales indispensables en la realización de una cultura de la paz. Es necesario tutelar el derecho de los padres y su papel primario en la educación de los hijos, en primer lugar en el ámbito moral y religioso. En la familia nacen y crecen los que trabajan por la paz, los futuros promotores de una cultura de la vida y del amor[6].

En esta inmensa tarea de educación a la paz están implicadas en particular las comunidades religiosas. La Iglesia se siente partícipe en esta gran responsabilidad a través de la nueva evangelización, que tiene como pilares la conversión a la verdad y al amor de Cristo y, consecuentemente, un nuevo nacimiento espiritual y moral de las personas y las sociedades. El encuentro con Jesucristo plasma a los que trabajan por la paz, comprometiéndoles en la comunión y la superación de la injusticia.

Las instituciones culturales, escolares y universitarias desempeñan una misión especial en relación con la paz. A ellas se les pide una contribución significativa no sólo en la formación de nuevas generaciones de líderes, sino también en la renovación de las instituciones públicas, nacionales e internacionales. También pueden contribuir a una reflexión científica que asiente las actividades económicas y financieras en un sólido fundamento antropológico y ético. El mundo actual, particularmente el político, necesita del soporte de un pensamiento nuevo, de una nueva síntesis cultural, para superar tecnicismos y armonizar las múltiples tendencias políticas con vistas al bien común. Éste, considerado como un conjunto de relaciones interpersonales e institucionales positivas al servicio del crecimiento integral de los individuos y los grupos, es la base de cualquier educación a la auténtica paz.

 

 

Una pedagogía del que trabaja por la paz


7. Como conclusión, aparece la necesidad de proponer y promover una pedagogía de la paz. Ésta pide una rica vida interior, claros y válidos referentes morales, actitudes y estilos de vida apropiados. En efecto, las iniciativas por la paz contribuyen al bien común y crean interés por la paz y educan para ella. Pensamientos, palabras y gestos de paz crean una mentalidad y una cultura de la paz, una atmósfera de respeto, honestidad y cordialidad. Es necesario enseñar a los hombres a amarse y educarse a la paz, y a vivir con benevolencia, más que con simple tolerancia. Es fundamental que se cree el convencimiento de que « hay que decir no a la venganza, hay que reconocer las propias culpas, aceptar las disculpas sin exigirlas y, en fi n, perdonar »[7], de modo que los errores y las ofensas puedan ser en verdad reconocidos para avanzar juntos hacia la reconciliación. Esto supone la difusión de una pedagogía del perdón. El mal, en efecto, se vence con el bien, y la justicia se busca imitando a Dios Padre que ama a todos sus hijos (cf. Mt 5,21-48). Es un trabajo lento, porque supone una evolución espiritual, una educación a los más altos valores, una visión nueva de la historia humana. Es necesario renunciar a la falsa paz que prometen los ídolos de este mundo y a los peligros que la acompañan; a esta falsa paz que hace las conciencias cada vez más insensibles, que lleva a encerrarse en uno mismo, a una existencia atrofiada, vivida en la indiferencia. Por el contrario, la pedagogía de la paz implica acción, compasión, solidaridad, valentía y perseverancia.

Jesús encarna el conjunto de estas actitudes en su existencia, hasta el don total de sí mismo, hasta « perder la vida » (cf. Mt 10,39; Lc 17,33; Jn 12,35). Promete a sus discípulos que, antes o después, harán el extraordinario descubrimiento del que hemos hablado al inicio, es decir, que en el mundo está Dios, el Dios de Jesús, completamente solidario con los hombres. En este contexto, quisiera recordar la oración con la que se pide a Dios que nos haga instrumentos de su paz, para llevar su amor donde hubiese odio, su perdón donde hubiese ofensa, la verdadera fe donde hubiese duda. Por nuestra parte, junto al beato Juan XXIII, pidamos a Dios que ilumine también con su luz la mente de los que gobiernan las naciones, para que, al mismo tiempo que se esfuerzan por el justo bienestar de sus ciudadanos, aseguren y defiendan el don hermosísimo de la paz; que encienda las voluntades de todos los hombres para echar por tierra las barreras que dividen a los unos de los otros, para estrechar los vínculos de la mutua caridad, para fomentar la recíproca comprensión, para perdonar, en fin, a cuantos nos hayan injuriado. De esta manera, bajo su auspicio y amparo, todos los pueblos se abracen como hermanos y florezca y reine siempre entre ellos la tan anhelada paz[8].

Con esta invocación, pido que todos sean verdaderos trabajadores y constructores de paz, de modo que la ciudad del hombre crezca en fraterna concordia, en prosperidad y paz.

 

Vaticano, 8 de diciembre de 2012

 

 

BENEDICTUS PP. XVI



[1] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Cost. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 1.

[2] Cf. Carta enc. Pacem in terris (11 abril 1963): AAS 55 (1963), 265-266.

[3] Cf. ibíd.: AAS 55 (1963), 266.

[4] Carta enc., Caritas in veritate (29 junio 2009), 32: AAS 101 (2009), 666-667.

[5] Cf. ibíd., 3436AAS 101 (2009), 668-670; 671-672.

[6] Cf. Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 1994 (8 diciembre 1993), 2:AAS 86 (1994), 156-162.

[7] Discurso a los miembros del gobierno, de las instituciones de la república, el cuerpo diplomático, los responsables religiosos y los representantes del mundo de la cultura, Baabda-Líbano (15 septiembre 2012): L’Osservatore Romano, ed. en lengua española, 23 septiembre 2012, p. 6.

[8] Cf. Carta encPacem in terris (11 abril 1963): AAS 55 (1963), 304.