ETAPA I: KERIGMATICA

   1. Sentido de esta primera etapa

 

El "Kerigma" en el Nuevo Testamento no es una instrucción o exhortación sino la proclamación de algo que acontece en los hechos. Hechos que por sí mimos anuncian un mensaje al que se da voz mediante la palabra. Ejemplo típico de ello lo encontramos en Lc 7,22 cuando Jesús dice "Id a contarle a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, a los pobres se les anuncia la buena noticia". En el Nuevo Testamento el kerigma es la proclamación de la salvación como la venida efectiva del Reino de Dios (Mt 4, 23; Lc 9,1-2). Reino anunciado con signos reales y concretos (milagros) y con la Palabra que revela esos signos. Jesús es el "pregonero" del Reino de Dios que opera la salvación y realizándola la anuncia. Así el kerigma no es instrucción, ni exhortación. Es la acción salvadora que realiza lo que se anuncia.

 

Por lo mismo, para nosotros cristianos, el kerigma consiste en una experiencia de salvación tal que se comunica a los otros y la palabra es el vehículo con la que se la comunica y se la participa a otros. Es la proclamación de una primera experiencia de salvación que acontece en la medida en que se "vive" la conversión.  

 

En este sentido, todo el Nuevo Testamento es un gran kerigma. Como ACONTECIMIENTO, que es Cristo mismo presente en la historia: encarnación, vida oculta, signos y milagros, predicación, elección de los apóstoles... Como PALABRA, que suscita una primera adhesión y conversión. Cristo ha ido sensibilizando y creando poco a poco un ambiente de credibilidad y confianza en El y, a pesar de ello, la aceptación del kerigma ha sido progresiva y con dificultades (Lc 4, 14-30). Pedagógicamente, Cristo parte de lo que existe (Samaritana, multiplicación de los panes, Zaqueo, discípulos de Emaús...); tiene en cuenta los diversos sectores de la población (ricos y pobres, autoridades y gente común, gentiles e israelitas, etc); está siempre dispuesto a servir a su pueblo; prepara el grupo de colaboradores y piensa en un mínimo de organización.

 

El kerigma de los apóstoles, a partir de Pentecostés, conlleva una serie de componentes. Consiste en la proclamación de un acontecimiento salvífico: Cristo muerto y resucitado. Los apóstoles no dan sólo noticia de un hecho histórico sino que proclaman la experiencia que ellos tienen de ese acontecimiento y su fe en El. La palabra suscita la conversión coherente y la consecuente integración en la comunidad creyente como experiencia y acontecimiento de salvación en comunidad. En esta se profundiza tanto la comprensión como la experiencia de aquél acontecimiento.

 

Sentido, por tanto, del kerigma es el acontecimiento vivido, al que la palabra da sentido y revela sus alcances.

 

 

2. Algunas condiciones para realizar esta etapa

 

El proceso kerigmático tiene como objetivo la sensibilización del conjunto de los bautizados a los valores humano-cristianos que le permitan optar por una experiencia significativa de comunidad que, a su vez, quiera profundizar tanto como experiencia de fe que como experiencia de comunidad. Se dice sensibilizar, es decir, despertar, admirar, reaccionar, sentir, percibir, salir de la atonía y de la indiferencia, etc. Es una etapa donde no se pretende otra cosa que la superación de la indiferencia, que el pueblo sienta el problema religioso y la persona de Cristo que lo llama a una conversión inicial y primera a la comunidad, sin cerrarse a la misma, dispuesto a dar un paso significativo en el momento oportuno.  

 

Para que la integración de todos los bautizados en estas experiencias de fe sea posible hay que crear en todas las parroquias, al momento de iniciar, el "tejido social" de la comunidad cristiana. Se trata, como se verá más adelante, de instituir los Equipos Parroquiales de Animación Pastoral (EPAP), de decentrar y organizar las parroquias grandes en zonas o centros pastorales, de organizar la red de mensajeros y un Equipo que componga la "carta a los cristianos".

 

Del mismo modo, para que el mensaje llegue a toda la gente es necesario, como hizo Cristo, partir de la situación de la gente. De la distancia que los bautizados viven en relación a la comprensión de la fe y a la experiencia de comunidad que esa fe implica. Esto ha significado, normalmente, comenzar desde cero, es decir, sin presuponer nada excepto el inicio de una fe, más intuida que comprendida y vivida. Por ello normalmente el itinerario kerigmático se desarrolla en tres fases, de tres años cada una: la sensibilización al encuentro-reconciliación, a la fraternidad y a la Iglesia como comunión de personas, creyentes en Cristo. Tres fases en que el mensaje (acontecimiento y palabra), poco a poco, va penetrando en las personas y en el cuerpo social como la gota de agua que taladra la piedra no por caer abundantemente sino por caer regularmente y en forma constante.

 

En cuanto acontecimiento, el kerigma es vivido como proceso en torno a "momentos significativos" que el pueblo cristiano siente y de alguna manera vive. Son momentos relaciones con lo que la III CELAM de Puebla llama "la religión del pueblo o religiosidad o piedad popular". Es "el conjunto de hondas creencias selladas por Dios, de las actitudes básicas que de esas convicciones derivan y de las expresiones que las manifiestan" (444). "La religiosidad popular no solamente es objeto de evangelización sino que, en cuanto contiene encarnada la Palabra de Dios, es forma activa, por la cual el pueblo se evangeliza continuamente a sí mismo" (450).

 

Estos "momentos significativos" que la gente siente y vive son determinantes para la evangelización del pueblo como tal. De hecho se programan hasta en los mínimos particulares, a nivel de lo que se llama "pastoral de multitudes", de modo que faciliten una experiencia de fe que, por su novedad e intensidad, suscite la admiración y la consecuente comunicación de la experiencia vivida. Se trata de experiencias de fe relacionadas con las grandes fiestas litúrgicas (Navidad, Cenizas, Semana Santa, Pentecostés), con otras celebraciones religiosas (Mes de María, Bendición pascual de las casas, la Candelaria, fiestas marianas locales, todos los Santos y difuntos, Santo patrono, etc.) y, si es necesario, algunas celebraciones de tipo cultural que la Iglesia puede o debe promover (día de la madre y/o del padre, día de la naturaleza...). Todas ocasiones que, siendo sentidas por la gente, ofrecen una oportunidad de evangelización y que, seleccionadas según un ritmo normalmente mensual, permiten una evangelización sistemática de tipo popular. Repetidos cada año, se convierten en tradición que, poco a poco, es parte de la identidad de un pueblo. Al mismo tiempo, cada año se renuevan los gestos y símbolos de modo que sean coherentes con los contenidos que ahora se enuncian. Así, se procura que la experiencia de fe y la palabra que comunica el significado, constituyan realmente un mensaje.

 

Desde el punto de vista del contenido del mensaje, es bueno recordar que la mentalidad de la gente más sencilla no es discursiva, es decir, no sigue una lógica demostrativa. Se caracteriza más por la intuición, la afirmación de lo que aparece como verdad y la sensibilidad emotiva. Basta recordar el fenómeno de las telenovelas, de los diversos "fans" relacionados con los ídolos de las canciones, de los deportes, etc. Así la evangelización de las mayorías bautizadas debe pasar por esa esfera en la que la gente percibe y siente la necesidad de Dios o intuye la verdad de Cristo.

 

 

3. El dinamismo de esta etapa

  

a) Primera fase: sensibilización al encuentro 

 

Punto de partida, es la sensibilización de todo el pueblo de bautizados al "encuentro-reconciliación", condición indispensable para un camino de fe común. Es la primera fase del proceso de evangelización diocesano. Los enunciados de los contenidos son:

 

  • encontrarse, estar juntos, escucharse, hablarse, saludarse, conocerse, ser gentiles y cordiales, aceptarse y estimarse, dejar de lado las dificultades de relación, ayudarse y estimularse...
  • visitarse, dar tiempo al encuentro, acercarse a todos, superar dudas y miedos, aceptar las diversidades, sobrellevar el peso de la relación, el don del encuentro, relacionarse nos hace personas, reconciliarse, con sí mismos, con la vida...
  • reconciliarse con la familia, entre vecinos, promover la paz, perdonar las ofensas, reconciliarse con la naturaleza creada, reconciliarse con Dios, purificar la propia vida, pacificarse...

 

Se inicia con la puesta en marcha de las estructuras básicas de comunión y participación que permiten la integración de todos los bautizados en el proceso evangelizador. Se inicia con la institución y composición de los Equipos Parroquiales de Animación Pastoral (EPAP), este Equipo decide la división de la parroquia en zonas o centros pastorales, compone con personas de buena voluntad los Equipos de Coordinación Zonales, éstos, a su vez, organizan la Red de mensajeros y su coordinación parroquial, se compone el Equipo de Coordinación Parroquial, se compone el Equipo de Redacción de la carta a los cristianos y, entonces, las parroquias y la diócesis están en condiciones de movilizar todo el pueblo de Dios en el proceso común de evangelización con la puesta en acción del plan de pastoral de multitudes.

 

Simultáneamente se instituye y organiza la Comisión Diocesana de Pastoral de Multitudes, a la que normalmente se ha atribuido la responsabilidad de acompañar la Red de mensajeros y los Equipos de Redacción de la carta a los cristianos. Además, en los dos años restantes de esta fase, se organizan las Comisiones de Pastoral de Multitudes y la de Asuntos Económicos en todas las parroquias. Esta última, además de la composición técnica exigida por el Derecho Canónico, integra un representante por zona o centro pastoral y así se crea la condición de transparencia que en este campo es condición indispensable para la misma evangelización.

 

En alguna diócesis, y con suceso, se han creado todas estas estructuras de base aprovechando una celebración significativa o se ha creado una oportunidad similar, promoviendo una misión diocesana. Así, a lo largo aproximadamente de un año, las estructuras han ido surgiendo de la vida, además de haber dado a todo el pueblo la clara percepción de estar iniciando una nueva etapa de la vida de la Iglesia local. Además, en ocasión de esa misión, se reorganizaron las Comisiones parroquiales de catequesis, de pastoral litúrgica y de servicios de caridad y, además, se crearon equipos correspondientes en todas las zonas o centros pastorales. Así con un mismo esfuerzo se organizaron todas las zonas pastorales como pequeñas parroquias, al menos inicialmente.

 

Se inicia la pastoral de multitudes que, sobre todo al comienzo, debe expresar iniciativas comunes que se realizan, lo más posible, en las diversas zonas pastorales con un comienzo o conclusión a nivel parroquial. Los Equipos Zonales de Coordinación, inicialmente, sirven a esto. Así, también, inicia a funcionar el Equipo de Coordinación Parroquial. Al mismo tiempo se inician las Asambleas Zonales informales, es decir, como espacios de diálogo para todos los bautizados. Dos o tres veces al año y como forma de propuesta, de consulta y de evaluación. Se organizan en torno a alguna celebración significativa de la pastoral de multitudes, como encuentro zonal al que se invitan todos los bautizados de la zona, antes o después de alguna celebración zonal. Así se va creando, educando, al sentido de zona o centro pastoral, se suscita más fácilmente el interés de todos los "alejados", se ofrece una nueva imagen de Iglesia: participativa, que tiene en cuenta a todos, vecina a la gente, que dialoga y escucha.... etc. La gente, por su parte, comienza a sentirse parte de esta Iglesia. Como lo atestiguan cientos de testimonios, la gente se siente tenida en cuenta, se siente "alguien" en la Iglesia, percibe ser Iglesia.

 

Mientras se crean las estructuras de base, ya se comienza a reorientar lo que ya se venía haciendo en la catequesis, en las celebraciones litúrgicas y en los servicios de caridad. Si es necesario, como sucede frecuentemente, se reorganizan en cada uno de estos campos las Comisiones existentes o se instituyen y componen las que faltan, tanto a nivel parroquial como diocesano, con el objetivo de que funcionen mínimamente en forma orgánica.

 

Del mismo modo y en la mayoría de las diócesis se ha querido iniciar la pastoral familiar y la juvenil o reorientar lo existente. Comienza así un proceso de sensibilización en estos dos campos pero con algunas diferencias. Después de un año de ubicación, la Comisión Diocesana de Pastoral Juvenil lanza una iniciativa diocesana para los jóvenes de modo que ella sirva al mismo tiempo como oportunidad de definición inicial y de organización del MJD en todas las parroquias. Iniciativa que repetirá cada dos años, aproximadamente y servirá para la sensibilización permanente de los jóvenes. En vez, la Comisión Diocesana para la Pastoral familiar, después del año de ubicación, podrá suscitar iniciativas de sensibilización, tener algún puente en todas las parroquias y empezar a prepararse para dar el así llamado curso A para todos los matrimonios indistintamente y sólo con el propósito de formar Equipos de Vicarías Foráneas que hagan lo mismo.

 

En este mismo tiempo, en algunas diócesis se ha planteado a todos los agentes de pastoral una reflexión-consulta sobre la reorganización de la diócesis, es decir, sobre su organigrama. Una comisión especial elabora una propuesta, se discute con los agentes, se propone un texto final y se verifica el consenso y el Obispo lo aprueba. Se trata, ciertamente, de un proceso educativo a la globalidad, a comprender la trabazón entre todos los componentes de la diócesis y la organicidad del conjunto, cosa que ayuda a los agentes de pastoral, principalmente a los presbíteros, a formarse una mentalidad de acción de conjunto. Permite una visión global y un proceso educativo de convergencia paralelo a cuanto ya hecho en la etapa previa en orden al plan global.

 

En otras diócesis, en vez, se han ido creando las estructuras, primero de hecho, según necesidad o según exigencias de coherencia entre la conciencia de la participación y corresponsabilidad y las estructuras correspondientes. Ciertamente esto ha sido menos conflictivo o menos exigente en términos de conversión a horizontes globales pero, también, ha dado menos incapié a la oposición en razón de la complejidad del Proyecto.  

En fin, hacia el término de esta fase se organizan las Asambleas parroquial y diocesana en función de la evaluación y de la decisión de pasar o no a la meta siguiente. En otros casos, además de las Asambleas zonales y parroquiales, se ha preferido instituir el Consejo Pastoral Diocesano en relación con la evaluación anual del plan pastoral, en vez o además de la Asamblea Diocesana.

 


  b) Segunda Fase: sensibilización a la fraternidad

 

Los contenidos del mensaje en la segunda fase se desarrollan en torno a la sensibilización de todos los bautizados a la fraternidad. Valor que se explicita como ayuda fraterna, solidaridad y comunicación de bienes. Tres acentuaciones progresivas:


  • estar atento a quien tiene dificultad, dar tiempo a quien lo necesita, ayudar al que tiene necesidad, nadie es tan rico que no tenga alguna necesidad, nadie es tan pobre que no tenga algún don que ofrecer, colaborar con los otros, abrirse a las necesidades del vecino, a las necesidades de otros países y continentes...
  • solidarizar, hacer propia la causa de quienes sufren, servir y no hacerse servir, Jesús hace propias las necesidades de los pobres, Jesús se identifica con el pobre, defender los derechos de los débiles, amar la justicia, compartir...
  • los bienes vienen de Dios, somos administradores y no propietarios, compartir es dialogar, compartir es relativizar las cosas y el dinero, la austeridad de vida, compartir es prestar, es donar, amar al prójimo cercano, amar al que está lejos, amar al enemigo...

 

Con la fase precedente se obtienen dos cosas: iniciar la movilización de todos los bautizados en el camino de fe y suscitar, con ello, un primer impacto de atención y de sintonía en las mayorías bautizadas y en la gente de buena voluntad; y, en segundo lugar, crear el complejo estructural necesario para esa movilización. Ahora por tanto, se trata de consolidar y completar lo iniciado para, en la tercera fase, concentrarse en la preparación y realización del paso decisivo que permitirá pasar a una nueva etapa.

 

En esta fase, por tanto, se trata de insistir en la necesidad y consolidación de las estructuras de base ya que, normalmente, muchas de las personas que inicialmente se comprometieron a ayudar se desaniman o, por razones, a veces las más dispares, dejan el servicio iniciado. Así, urge buscar nuevas personas hasta que se obtiene una cierta estabilidad. Con todo, hay que calcular que todos los años hay que renovar un 10-20% de los colaboradores que, por razones de salud, de familia, de trabajo, de crisis personales, etc. no se sienten en condiciones de seguir colaborando. Así, en estos años se gastan bastantes energías en asegurar las estructuras de base pero esto mismo es parte de la evangelización y de la nueva imagen de Iglesia que se quiere dar.  

 

La pastoral de multitudes, después de las primeras revisiones anuales y consecuentes reajustes, comienza a expresarse en manifestaciones que poco a poco se están convirtiendo en tradiciones, que identifican al pueblo cristiano a la comunidad eclesial. Se aseguran, paralelamente, las comisiones diocesana y parroquiales de pastoral de multitudes. Del mismo modo comienza a tomar cuerpo el MJD que encuentra su fuerza y su mayor expresión en el Encuentro Juvenil Diocesano que, como Acontecimiento Redentor, cada año o cada dos años tiende a movilizar a todos los jóvenes bautizados y organizarlos adecuadamente en los diversos niveles de la acción pastoral. La formación, especialmente de los líderes juveniles, es en esta fase que adquiere importancia decisiva para asegurar un mínimo de la misma a nivel parroquial.

 

Paralelamente la Pastoral Familiar sigue proponiendo iniciativas de sensibilización y a través de ellas se van organizando las Comisiones parroquiales correspondientes. Además, se multiplica el curso A en las diversas Vicarías Foráneas y así surgen las Comisiones de pastoral Familiar en las diversas Vicarías y se va creando la red de personas-contacto en todas las parroquias y zonas o centros pastorales. Con este mismo fin se puede y en algún caso se ha organizado un Encuentro Diocesano que ha servido de estímulo para la organización del MFD y la organización de los encuentros de espiritualidad (Cursos A,B,C). Como para los jóvenes, así ahora para la pastoral familiar, conviene repetir cada dos o tres años este Encuentro Diocesano y así facilitar la acción de la Comisión Diocesana y facilitar la organización de las Comisiones de Vicaría Foránea y de algunas parroquiales. La reiteración de formas fuertes de convocación es un factor determinante en la sensibilización de todas las familias al MFD.

 

En cuanto a la catequesis, a las celebraciones litúrgicas y a los servicios de caridad, se continúa con la consolidación de las estructuras indispensables (Comisiones Diocesana y Parroquiales) y se comienza el proceso de extensión de estos servicios, en el mínimo indispensable, a todas las zonas o centros pastorales de todas las parroquias. Así, con Equipos Zonales más estables, con expresiones multitudinarias de religiosidad popular, con la organización de los servicios eclesiales indispensables, se llega en esta fase a organizar cada zona o centro pastoral como una pequeña parroquia. De hecho se ha producido y concluido el proceso de descentralización parroquial.  

 

Reordenado y asegurado inicialmente cuanto se venía haciendo, ahora es posible abrir nuevos campos. El más simple ha sido el de la enseñanza de la religión en las escuelas del Estado. En realidad, este campo cuenta con alguna forma de organización, normalmente ligada a la Comisión de catequesis. Se organiza y planifica como nivel específico, independiente del de catequesis. Además, en general, se ha puesto la atención sobre la Pastoral Educativa, se ha organizado la pastoral de los profesores y maestros bautizados que trabajan en los Colegios del Estado y en los que deben dar testimonio de su fe. No es difícil encontrar maestros y profesores deseosos de profundizar el compromiso cristiano como laicos y educadores. Sobre la base de estas personas se organizan los Grupos Promotores de la pastoral educativa a nivel diocesano y de Vicaría Foránea y, si es el caso, parroquial. También en ciertos casos, se ha organizado la Comisión Diocesana para las Escuelas Católicas que inicia y promueve un proceso de reflexión sobre la relación entre escuela y evangelización.

 

A nivel diocesano se completa la organización de las estructuras de participación instituyendo y dando forma al Consejo Pastoral Diocesano, la Asamblea Diocesana y a la organización de la Curia diocesana. Además, si ya no se ha hecho antes, se organizan la Asamblea del clero, la Confederación de los Religiosos y el Consejo de Laicos organizados. Esto, unido a las Comisiones Diocesanas correspondientes. Del mismo modo se consolidan todas las estructuras parroquiales.

 

Las evaluaciones anuales van dando la medida de lo que se va logrando y así permiten decidir si se puede pasar a la nueva fase que, en cierta medida, es determinante para concluir esta primera etapa e iniciar la siguiente. En caso de duda, hay que prever en el plan sucesivo un proceso de discernimiento. Se ha dado el caso, también, que no habiendo logrado el mínimo de estabilidad y consistencia de las estructuras, se ha hecho necesaria la prolongación del camino y, consecuentemente, se ha creado una meta intermedia, alargando así el camino de otros tres años. En otros casos se ha prolongado la tercera fase que, en vez de planificarse para tres años se lo ha hecho para cinco. Así se han tratado de superar las dificultades que surgen en la práctica.  

 

Con esto se terminan dos fases de tres años cada una y con las que se ha renovado y reorganizado lo existente, se han descentralizado los servicios religiosos, se han creado las estructuras de comunicación y diálogo, de participación y corresponsabilidad, se ha iniciado el proceso de evangelización de todo el pueblo cristiano en su conjunto y se ha superado inicialmente el desface entre la gente y la Iglesia institucional.

 

 

c) Tercera fase: sensibilización a la Iglesia, entendida como "comunión".    

 

En la tercera fase se trata de proclamar que el encuentro y la fraternidad cuando son vividos en nombre de Cristo, como comunidad creyente, es ser Iglesia. La Iglesia no es el templo, ni el cura con sus colaboradores, ni una organización de ayuda social... sino las personas que, creyendo en Cristo, se reúnen en su nombre. Es la sensibilización a la Iglesia, entendida como "comunión". Enunciados fundamentales son:

 

  • las imágenes bíblicas de la Iglesia: familia de Dios, cuerpo de Cristo, ciudad de Dios, madre, viña, edificio, esposa, campo...
  • "rebaño", templo, pueblo en camino, pueblo elegido, que tiene una misión, es la grey de Cristo, El es la roca en la que se funda, espacio de amor recíproco, realidad espiritual y visible...
  • fundada en los Apóstoles, como comunidad, de fe, de culto, de misión, en pequeños grupos, en comunión fraterna, en la comunión de los santos, María modelo y tipo de la Iglesia, signo e instrumento de la unidad del mundo...

 

En cierto sentido las fases precedentes han servido de premisas espirituales y organizativas para llamar a todo el pueblo cristiano a vivir la experiencia de fraternidad y de Iglesia en grupos de familias, futuras Comunidades Eclesiales de Base.

 

Mientras el primer año de esta fase, en la práctica, sigue madurando cuanto ya se había puesto en marcha en las fases anteriores, a partir del segundo año todo se concentra, especialmente a nivel parroquial, en el anuncio, preparación y celebración de la "SEMANA DE (LA) FRATERNIDAD" o Acontecimiento Redentor de todo el pueblo de Dios que es invitado y llamado a la experiencia intensiva de comunidad eclesial en pequeños grupos de familias, como ya se ha descrito en el capítulo anterior, título 1.2. Esto exige instituir y dar forma a la Comisión Diocesana de Pequeñas Comunidades.

 

En los demás niveles, todo se realiza en función de ayudar a todos los bautizados, desde todos los campos de la pastoral, a participar a esta experiencia determinante de una renovada imagen de Iglesia como "comunión y comunidad". Por lo mismo, no hay que crear dinamismos particulares que puedan entorpecer o desviar la atención hacia otra cosa que no sea este acontecimiento. Lo único especial que se ha hecho en el año anterior al acontecimiento redentor y en función de participar al mismo, ha sido el Encuentro Juvenil Diocesano. En realidad, la distancia generacional entre los jóvenes y los adultos es tal que necesitan motivaciones especiales para participar a los pequeños grupos y su participación a los mismos es ciertamente significativa tanto para los adultos como para ellos mismos. Aunque se obtenga poco en este sentido, es importante hacer todo el esfuerzo que está en las manos de la diócesis para que ellos superen esa especie de "muro" que los separa de las generaciones precedentes.

    

Con la realización de la Semana de la Fraternidad, los meses que restan del año y la evaluación que lo cierra, ha nacido otra nueva realidad, la de los pequeños grupos de familias que inician así su camino pre-catecumenal. La descentralización estructural pero sobre todo del estilo de vida de la Iglesia ha llegado a su máxima expresión. Se ha llegado en germen a dar una primera imagen del tipo de Iglesia que se quiere edificar en las etapas posteriores. Así lo intuye la gente, mucha de la cual experimenta por primera vez que Dios vive en medio de su pueblo, que algo une a todos más allá de las diversidades de todo tipo, que es posible salir de la condición del pasado para superarse y alcanzar condiciones de vida espirituales, sociales y materiales más dignas, si entre todos se acepta la fraternidad universal como horizonte de vida y el amor fraterno como dinamismo evangélico de transformación del mundo.

 

 

4. El acontecimiento conclusivo de esta etapa y su preparación

 

Hacia el tercer trimestre del tercer año se celebra un acontecimiento significativo especial al que se convocan todos los bautizados. Se le ha llamado "Semana de la Fraternidad" o algo semejante y que constituye un "acontecimiento redentor". "Acontecimiento" por la fuerte experiencia de fraternidad-Iglesia y "redentor" por la intensa experiencia de salir del propio aislamiento e individualismo. Es una semana vivida por toda la diócesis -parroquias y centros o zonas pastorales- al mismo tiempo.

 

Se trata de una semana que inicia con la celebración dominical en la que se entrega a los animadores un símbolo para cada grupo y al moderador la carpeta con los temas de la semana. Durante la semana, la gente se encuentra cinco tardes o noches en pequeños grupos de familias. En estos encuentros se han reflexionado generalmente cuatro temas: ante el cambio de la sociedad, ante el cambio en la Iglesia, la libertad, la fraternidad es posible. Uno de los encuentros se dedica a un diálogo libre con el párroco o algún sacerdote y así dar una imagen inicial de Iglesia que escucha y dialoga. El sábado se hace una asamblea en la que cada Grupo familiar comunica su compromiso en el sentido de seguir o no encontrándose cada mes. El domingo, en la celebración litúrgica, el animador ofrece el acta de presencia de las personas al grupo y el moderador el compromiso escrito de cada grupo. Se concluye con una fiesta popular.

 

Este acontecimiento se prepara al menos con dos años de tiempo. Al hacer la evaluación del plan de la segunda fase se hace el discernimiento sobre la oportunidad de convocar todo el pueblo bautizado a la Semana de la Fraternidad. Al planificar la tercera fase se decide todo el proceso de preparación y las modalidades de la "Semana de la Fraternidad". El proceso de preparación, como se explicitará más adelante, consiste fundamentalmente en el anuncio de la Semana de Fraternidad por parte del Obispo, en dos visitas a todas las familias y personas de la diócesis, en la organización de los grupos de familias, en un encuentro previo de estos grupos y de los animadores de los mismos. La Semana de Fraternidad se realiza en todas las parroquias al mismo tiempo y se hace una conclusión a nivel diocesano con los representantes de los "grupos de familias".

 

En los meses que siguen hasta el término del año pastoral se sigue el temario de la pastoral de multitudes y se hace la experiencia de los primeros encuentros mensuales de los "grupos de familias". Con ello, termina la primera etapa del proceso de evangelización.

 

 

5. Esta primera etapa como kerigma

 

Las experiencias significativas reiteradas a ritmo mensual crean un dinamismo evangelizador que permite madurar la conciencia colectiva de la gente. Experiencias primero ocasionales y luego más regulares hasta la experiencia más intensiva y significativa de la así llamada "Semana de la Fraternidad". Experiencias de fe que tocan todo el ser -sensibilidad, inteligencia, voluntad y afectividad- y van creando un clima, primero de curiosidad, después de inicial admiración, en fin de confianza. Entonces la gente tendrá la disponibilidad a aceptar la propuesta de integrarse en "grupos de familias" y vivir la experiencia de un pueblo de Dios en comunión de comunidades, durante la semana de Fraternidad.

 

Pero lo más importante de la etapa consiste en el proceso de conversión al que toda ella sirve. Conversión que tiene muchas facetas y las más importantes probablemente quedan ocultas en la intimidad de las personas. Sin embargo, "el árbol se conoce por sus frutos". Así en todas las experiencias se han podido reconocer algunos signos de renovación y conversión que ahora se van a enumerar. Pero antes es necesario recordar que se trata de una conversión comunitaria, que se da en las relaciones de las personas y sus expresiones estructurales e institucionales. Por ello podemos describir esa renovación con algunas características externas de tipo cultural que radican de hecho en opciones interiores más o menos conscientes.

 

En primer lugar la gente vive la experiencia de ser "alguien" en la Iglesia cuando se siente ligada estructuralmente con el centro parroquial, siempre tenida en cuenta cualquiera sea la respuesta que da a las reiteradas invitaciones a participar a encuentros, celebraciones religiosas y fiestas fraternas. En el mismo sentido, la gente pasa insensiblemente del aislamiento vivido casi inconscientemente al encuentro en nombre de la fe con tantos otros que a pesar de ser vecinos no se los reconocía como "católicos".

 

Poco a poco, la gente comienza a sentir que "esta" Iglesia, el modo con que trabaja, le gusta, le hace bien, siente que le permite expresar su religiosidad sin ponerle ante exigencias que no se siente capaz de asumir. Comienza así a sentirse "parte" de "esta" Iglesia, a superar la sensación de que la Iglesia es de "otros" y del desinterés pasa, poco a poco, a sentir que ser Iglesia en el sentido de hacer algo por los demás es algo válido y útil.

 

Del mismo modo la gente, explícita o implícitamente, se da cuenta que la Iglesia ha entrado en un proceso dinámico y aunque no entiende bien cómo se liga esto a la condición de cambio en que vive el mundo, sin embargo percibe una secreta coherencia con la vida que vive y por lo mismo le gusta "esta" Iglesia dinámica que le propone constantemente las tradiciones en forma renovada.

  

Además, la gente percibe la Iglesia no ya como la que vive para el culto y todo lo orienta a ello sino que la percibe preocupada por la comunidad, por que la gente supere no sólo la indiferencia en las relaciones sino que acepte los otros y se integre en la Iglesia-comunidad. Sin tener clara conciencia pero con satisfacción, la gente ve que se pasa de una Iglesia cultual a una que se preocupa por la gente, por sus relaciones y convivencia social, que relaciona el culto con la vida de fraternidad, con la vida diaria.

 

Por último, la gente percibe, siempre poco a poco, que esta Iglesia no insiste sobre "los deberes", las normas, la autoridad, sino que pone el acento en el amor recíproco, que insiste sobre la responsabilidad personal y de todos en dar respuestas a los desafíos del amor fraterno y de la comunión que Cristo quiere. Se está pasando de una Iglesia-sociedad-perfecta a otra de comunión que es con Dios, entre sí, integrando toda la naturaleza creada.

 

 

6. La crisis en esta primera etapa

 

Sin embargo, esta maduración de la conciencia colectiva no acontece sin choques o reacciones más o menos consistentes. En este cambio comienzan a sentirse mal los que en el sistema anterior se sentían "seguros" porque eran "practicantes" asiduos, sin cuestionarse su estilo de vida. Entran en crisis sobre todo aquellos que unían pacíficamente el ser "practicantes", al mirar atentamente a sus intereses y el acumular dinero para sí. También suelen entrar en crisis los cristianos que se consideran "formados" y que ahora no soportan que venga otra gente de buena voluntad "no-formada" a asumir responsabilidades parroquiales, sin ofrecer "seguridad" alguna. Todos estos se parecen a los hijos "buenos", o no tan buenos, de la parábola del hijo pródigo. Comienzan a sentirse mal en esta Iglesia que se preocupa concretamente por abatir las distancias y los muros de separación y construir la fraternidad entre todos, a partir sólo de la sinceridad y de la buena voluntad con que participan en el camino común. Para un cierto grupo de gente, era mejor la Iglesia cultual, de las prácticas, que la que en nombre de Cristo desafía al amor fraterno factivo, de acuerdo a situaciones concretas.

 

No hay duda que los que tienen intereses determinados que defender y tienen la inteligencia para ver lejos, comienzan a sentirse incómodos en esta Iglesia. Malestar que sin duda expresan de alguna manera, con alguna forma más o menos explícita de contestación. Para "estos", los "catolicones", no sirven ni los argumentos de autoridad, ni del Magisterio. Por las razones más triviales, difícilmente participarán a los grupos de familias, pues ellos no quieren que la Iglesia entre en sus casas, en su vida ordinaria; además, no se sienten iguales a los demás ni en las mismas condiciones. Se sienten amenazados por un llamado a conversión que ya no les justifica su status social, su poder o influencia política, su sentido de "superioridad religiosa" en cuanto "cumplidores", "influyentes" y, en algunos casos, "comprometidos" en algún apostolado. Todo "huele" a fariseismo y la reacción parece tal, precisamente porque el proceso evangelizador va poniendo cada vez más en crisis esa actitud de "superioridad".

 

Es la crisis de la evangelización que en su autenticidad provoca inevitablemente la reacción de quienes tienen algo que defender. Es la consecuencia inevitable de un proceso que aún está a su inicio pero ya demuestra su orientación fundamental: el de centrar el dinamismo de la fe en el nuevo mandamiento de Cristo del amor fraterno.

 

Sin embargo, esta conciencia colectiva inicial a nivel perceptivo, tiene su verdadero "choque" cuando la gente se encuentra ante una opción inicial: aceptar o no la participación a los grupos de familias. Es un esfuerzo no sólo por los problemas de horarios, del cansancio al fin de una jornada de trabajo, etc. sino y sobre todo es un problema de tipo psicológico. Esa Iglesia que fue objeto de crítica o ante la cual la gente se sentía indiferente ahora comienza a entrar en sus casas, le pide encontrarse en nombre de la fe con otros que no conoce sino superficialmente, que le pide manifestar en grupo lo que piensa y siente... Es una aventura y como tal pone en crisis tanto a los que organizan la Semana de la Fraternidad como a quienes son llamados a participar. Es la fe y confianza en Dios que manifiesta su debilidad pues no se expresa en una paralela e igual confianza en las personas.

 

 

7. Los frutos

 

Los resultados finales dependen de tantos factores que es imposible dar una idea. Con todo, de las distintas experiencias, podemos deducir algunos frutos concretos que con acentuaciones distintas se dan en las diversas experiencias. Estos son:

 

  • que, casi desde el principio de la experiencia, porque la gente se comienza a sentir parte de esta Iglesia, no hayan aumentado ni las sectas ni el número de los adherentes a las mismas; que, en algunos casos, hay cristianos que, habiendo adherido a las sectas, vuelven a la práctica católica en la que se encuentran con sus orígenes;
  • que en algunas diócesis que llevan la experiencia no hayan podido entrar los grupos guerrilleros o si ya estaban presentes pierden fuerza y se encuentran casi obligados a dialogar;
  • el hecho de que una porción significativa de cristianos adultos se encuentren en pequeños grupos y hagan una experiencia de pueblo de Dios que se expresa en pequeños grupos, personalizados y personalizantes en términos de fe;
  • que, como parte del tejido social de la comunidad cristiana, estén presentes como grupos en el medio ambiente y allí puedan dar un testimonio inicial de su fe;
  • que acepten continuar la experiencia de encuentro, cosa que de hecho es un camino permanente de catequesis de adultos;
  • que, desde el comienzo, aparezca un número significativo de personas que además de participar, cosa que antes no hacían o hacían muy esporádicamente, ahora colaboran en algún servicio específico;
  • que los jóvenes encuentran en la comunidad un espacio en el que poder volcar sus modos de ver y su capacidad creativa;
  • que los agentes de pastoral comiencen a darse cuenta de la importancia de su contribución y de la interdependencia de todos para el buen funcionamiento y resultado del conjunto;
  • que el clero se encuentre con la respuesta de la gente que supera sus expectativas y pone en crisis su desconfianza y los fuerza a renovar su fe en el Espíritu presente en su pueblo;
  • la unidad de vida eclesial que se comienza a percibir al momento en que todas las acciones pastorales se integran las unas con las otras y de modo que todas sirven a la maduración de la conciencia colectiva.

 

 

Conclusión

 

Con la "Semana de la Fraternidad" se ha acabado la etapa kerigmática y comienza la etapa pre-catecumenal. La Iglesia local con la presencia en ella de un número significativo de grupos de familias da una nueva imagen de la Iglesia. Es una imagen de Iglesia de comunión y participación, casa de todos, especialmente de los pobres y simples. Una Iglesia que es realmente de "pueblo", que trata de ser "pueblo de Dios". Una Iglesia que es servicio de los unos a los otros. Pero todo en germen, en estado embrional pero ya inicialmente visible.