ETAPA II: PRE-CATECUMENAL

 1. Sentido de esta etapa

 

Con la etapa precedente se han puesto los fundamentos del edificio que ahora hay que empezar a construir y consolidar en todas sus partes. La Semana de la Fraternidad ha tocado la conciencia del pueblo de Dios y le dice que es posible superarse. Pero como en la parábola del sembrador, algunos son superficiales y después del entusiasmo inicial vuelven a su vida anterior, otros con buena voluntad inicial son ahogados por las preocupaciones que la vida les impone o ellos mismos se han impuesto en el pasado, otros, en vez, han descubierto algo que esperaban e inconscientemente estaban buscando, son los que fructifican el 30 y 60 por ciento, mientras hay una pequeña parte que la experiencia les ha revelado el valor de comprometerse por este tipo de Iglesia y por los valores que ella significa y su compromiso da el cien por cien.

 

Pasado el año de celebración de la Semana de la Fraternidad, parece, bajo ciertos aspectos, como si todo volviera a ser como antes y en vez todo es nuevo, porque nadie puede negar la experiencia vivida y la validez de la misma, además de la realidad de los grupos de familias, de sus encuentros mensuales y de los nuevos colaboradores que han iniciado su proceso de formación y vida ministerial.

 

El camino de fe iniciado en la etapa anterior, camino preparatorio, que crea condiciones y pide un primer paso de conversión/renovación, toma ahora forma más explícita y directa al centrarse en la Palabra de Dios. Si la etapa anterior era de sensibilización, ésta tiene como objetivo el redescubrimiento y la profesión de la fe en Cristo, por parte del pueblo cristiano; el redescubrimiento y aceptación de la Palabra de Dios como sentido de la vida.

 

Etapa de evangelización-inculturación 

 

Comienza así una etapa de evangelización explícita en la que los bautizados son portadores de una fe que van redescubriendo en experiencias -gestos y palabras- que directamente se relaciona con el mensaje evangélico y que van profundizando hasta descubrirlo como sentido de vida personal y comunitario como pueblo de Dios.

 

Es una etapa de maduración de la fe, en la que comienza un proceso cíclico de concientización (experiencia y reflexión) centrada en el misterio de Cristo. Se desarrolla este proceso en torno a tres núcleos progresivos: la Palabra de Dios, la fe, la Persona de Cristo. Se orienta este proceso a la profesión de fe en Cristo, Palabra de Dios, que su pueblo acoge como sentido de vida.

 

Características de este proceso evangelizador y de la evangelización misma son las del diálogo de salvación y que Pablo VI nos recordaba: Dios toma la iniciativa, comunica su propia vida por amor, no mira a nuestros méritos ni a los resultados que se lograrán, respeta la libertad de aceptación, se dirige a todos y se ajusta a la capacidad y al ritmo de respuesta de cada uno (cfr Ecclesiam Suam, 3a parte). Características no fáciles de asumir y que exigen un auténtico amor al pueblo cristiano y la dosificación de todo el mensaje en orden a servir al crecimiento de ese mismo pueblo en la fe. Sin imposiciones, ni exclusiones, ni marginación de nadie, adaptando, dosificando y expresando el mensaje con gestos y palabras comprensibles y capaces de motivar la adhesión a Cristo.

 

Ámbito en que se da este proceso es la cultura del pueblo y tiene por fin "alcanzar y transformar con la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad que están en contraste con la Palabra de Dios y el designio de salvación" (EN 19).

 

Objetivo de la evangelización de la cultura es "anunciar a Cristo e invitar a las culturas, no a quedar bajo un marco eclesiástico, sino a acoger por la fe el señorío espiritual de Cristo, fuera de cuya verdad y gracia no podrán encontrar plenitud. De este modo, por la evangelización, la Iglesia busca que las culturas sean renovadas, elevadas y perfeccionadas por la presencia activa del Resucitado, centro de la historia, y de su Espíritu (Puebla, 407; cfr EN 18, 20, 23 y GS 58d y 61a).

 

Exigencias de la evangelización de la cultura son:

 

  •  el conocimiento de la cultura del pueblo, partiendo de una profunda actitud de amor a ese pueblo (P. 397);
  • el conocimiento del dinamismo de transformación hacia el futuro que esa cultura tiene en el presente (P. 398);
  • la asunción de esa cultura, de sus auténticos valores autóctonos, "gérmenes del Verbo"; y de los valores específicamente cristianos que se encuentran en los pueblos evangelizados ya en el pasado (P. 400-402;
  • la inculturación de la Iglesia particular y local, que consiste en que ésta "se esmere en adaptarse, realizando el esfuerzo de un transvasamiento del mensaje evangélico al lenguaje antropológico y a los símbolos de la cultura en la que se inserta" (P. 404);
  • la crítica de las idolatrías o de los falsos valores asumidos como absolutos y el anuncio y testimonio del verdadero y único Dios (P. 397).

 

La evangelización/inculturación de la fe se debe realizar en todos los niveles o campos de la acción pastoral. Es decir, la pastoral de conjunto en todas sus acciones debe servir al proceso de evangelización/inculturación. Sin embargo no todos los campos de acción tienen la misma incidencia en esta acción, algunos son determinantes, como el ámbito de la pastoral de multitudes o de la religiosidad popular en sus expresiones multitudinarias y el de las pequeñas comunidades o de los grupos de familias. De estos dos niveles o campos de acción dependen en gran medida la incidencia del proceso de evangelización en el medio ambiente y de ellos depende qué y cómo asumir la cultura local en la vida y acción de la Iglesia. La pastoral de multitudes a nivel más bien epidérmico y la de las pequeñas comunidades a nivel más profundo.

 

Etapa de educación de la fe

 

El proceso evangelizador parte de la fe en el Dios de la encarnación y que, por lo mismo, está presente por su Espíritu en el mundo, en la interioridad de la conciencia en la que mueve las personas a hacer el bien y evitar el mal y que habita en la Iglesia, en los bautizados como personas y como conjunto, como en su templo. Además se trata de la evangelización de los ya bautizados que ante un cambio epocal necesitan una como re-evangelización de acuerdo a la nueva cultura planetaria que se está formando. Por lo mismo, se parte de la fe en el Espíritu presente en su pueblo.

 

Es un proceso educativo de la fe en el sentido de que descubriendo lo que hay de Dios presente en las personas y en el pueblo, se trata de darle lugar o, mejor, de crear aquellas condiciones y oportunidades que faciliten a las personas y al pueblo cristiano descubrir que Dios está allí, en ellos mismos, y desde allí los llama a la santidad y a una respuesta adecuada. Se desencadena, por tanto, un dinamismo de propuesta y acogida, de invitación y aceptación, de palabra y respuesta, de don-de-sí y fe-en-el-otro, por parte de todos (personas, familias, grupos, generaciones, agentes de pastoral, presbíteros...) que produce una interacción y relación interpersonal que anima y produce un dinamismo constante de crecimiento. Es un proceso de intercomunicación del único Espíritu, al que cada uno y el conjunto le dan espacio para que ocupe todo el "lugar". Hasta que las personas y la Iglesia local vivan sólo del Espíritu.  

 

Fin de este proceso es la madurez de la Iglesia local en la que todos y cada uno tienen un papel que cumplir, que acepta su riqueza y su debilidad, que es capaz de asumir sus propias tensiones y de resolverlas con equidad y fantasía. Una Iglesia local que cada vez más adquiere su conciencia común propia y por lo mismo está en condiciones de expresar su originalidad en sus miembros y grupos, en su organización y en sus servicios. Una comunidad que vive en tensión hacia un más, al que todos tienden, los unos a la escucha de los otros, todos discípulos del único Maestro que es Cristo Jesús.

 

Etapa de participación y corresponsabilidad, en la comunión

 

Es un proceso educativo, también, a la participación, al diálogo y a la corresponsabilidad, en forma progresiva, que se da en el ejercicio concreto de esos valores. Es un proceso por el que los responsables de la comunidad van superando la imagen de vértice de una pirámide en favor de otra imagen de servidores, al modo de Juan, el Bautista, que consideraba que él debía disminuir para que los otros crezcan.

 

Este proceso es auténtico en la medida en que se da en un clima de comunión. De comunión querida y buscada, mantenida y recuperada, en el ejercicio de la caridad teologal que:

 

  • siempre convoca a todos;
  • siempre perdona, reconvoca y reencuentra a todos, especialmente a los que reaccionan mal u oponen resistencia;
  • siempre espera el momento oportuno, la hora del hombre y de Dios, dejando que pase el tiempo psicológico necesario para que las personas superen su oposición o resistencia;
  • siempre ofrece nuevas oportunidades, para que nadie se sienta dejado de lado o discriminado;
  • siempre da crédito, cualquiera haya sido la posición asumida por las personas en un momento anterior;
  • siempre está dispuesta a hacerse presente allí donde hay necesidad, sobre todo ante quienes han tenido o tienen dificultad para aceptar el mensaje.

 

Es la caridad hecha magnanimidad y longanimidad, firmeza y bondad "a toda prueba", expresión de la misericordia gratuita de Dios. Y servir a la comunión de todo el pueblo de Dios es el arte de la caridad y de la oración; es la obra de Dios que pasa por el amor de los hombres y los une en una misma fe, esperanza y caridad.

 

Etapa de liberación-humanización

 

Es un proceso educativo que al mismo tiempo es libertador; es decir, que pasa de su condición de "no-pueblo" a la de pueblo de Dios. De su condición de dispersión pasa a ser poco a poco protagonista de su propia historia, responsable de su propio destino, unificado en su conciencia común de la fe, esperanza y caridad. Así puede defenderse y liberarse de la opresión de los "poderosos de este mundo" que quieren seguir instrumentalizándolo para sus intereses. El pueblo va pasando de la minoría de edad o de dependencia a la autonomía del adulto.

 

Al mismo tiempo la Iglesia, en su organización y en sus estructuras, se va "humanizando", deja de lado sus formas de superioridad para estar al servicio del Reino de Dios, de la comunión de todos los hombres con Dios y entre sí. En una nueva relación del hombre con Dios, de unos con otros, de los hombres con la naturaleza y con la historia; vividas en la fe. La Iglesia se hace y aparece como "la experta en humanidad".

 

 

2. Dinamismo evolutivo de esta segunda etapa

 

El dinamismo de esta etapa se apoya sobre tres pilares, tres fases del proceso evangelizador: el redescubrimiento de la Biblia como Palabra de Dios, de la fe como actitud de vida y de Cristo y su Misterio. Tres fases de explicitación de una única realidad: la comunión con Dios revelada en Cristo y la renovación de las relaciones sociales que esa comunión con Dios implica. Se trata de desentrañar los componentes diversos de la caridad teologal en la experiencia de esa misma caridad. Este es el núcleo del mensaje bíblico, que poco a poco se va explicitando en palabras y gestos.

 

a)         Primera fase: la Palabra de Dios 

 

La primera fase, siempre aproximadamente de tres años, se centra en la Biblia como Palabra de Dios, dada por El al hombre para que éste responda y entre en comunión con El. El primer año se dedica a redescubrir el sentido de la Biblia y a comprender los aspectos más elementales de qué es, para qué sirve, quién la escribió, cómo se lee, etc. El segundo año se dedica a considerar y usar la Biblia como un libro para la vida cotidiana. El tercero se dedica a enseñar a orar con la Biblia. Los posibles enunciados esenciales del mensaje para cada año son:

 

  • La Biblia, don de Dios a todo hombre y mujer (coincide con la entronización de la Biblia en todas las familias); estructura de la Biblia y cómo se usa; claves de lectura; sentido y significado: Dios nos ha hecho sus interlocutores; llamados a afrontar la vida desde Dios; dirigirse a Dios con la misma palabra de Dios; conformar a ella nuestras actitudes; hacernos discípulos de la Palabra...;
  • La Biblia don de Dios para la vida cotidiana: para los momentos de dolor, de alegría, de trabajo, de soledad, de desánimo, de dificultades económicas, de problemas de relación...;
  • Orar con la palabra de Dios, con humildad, confianza, aceptación, consintiendo a la Palabra, Cristo ora en nosotros, el Espíritu dice Padre, con la Iglesia...

 

La pastoral de multitudes se caracteriza por ser vehículo de educación del pueblo de Dios al reconocimiento de la Biblia como Palabra de Dios para la vida cotidiana. A partir de la entronización de la Biblia en todas las familias, se ayuda al pueblo a familiarizarse y a orar con ella.

 

Los pequeños grupos comienzan su infancia y varios quedarán en el camino. Por lo mismo, generalmente se ha suscitado y organizado una nueva convocación a los pequeños grupos al término de esa primera fase y como tres encuentros nocturnos en torno a la Biblia. Este es el tiempo en que la Comisión Diocesana debe organizar encuentros varios a nivel diocesano y/o de Vicaría Foránea, incluso en parroquias, para ayudar, motivar y capacitar a los miembros de las Comisiones parroquiales a fin de que los coordinadores, moderadores y secretarios de los pequeños grupos se sientan mínimamente seguros en el servicio que prestan y adquieran el mínimo de consistencia en el cumplimiento de su rol; de ellos depende en gran parte el éxito del grupo. Esto mismo vale y con más razón a nivel parroquial. Para ello la Comisión diocesana debe elaborar una serie de subsidios para que los párrocos y las Comisiones parroquiales de pequeñas comunidades puedan, a su vez, animar y capacitar a todos los coordinadores, moderadores y secretarios que, siendo personas de buena voluntad, tienen necesidad de ser ayudados. Sin embargo, hay que estar atentos a no cargarlos excesivamente de encuentros o de la sensación de una carga superior a sus fuerzas. Ellos también crecerán con el proceso. Hay que aplicar el principio de que el agua taladra la piedra no por caer mucha y de una vez sino porque cae como gota en forma permanente y constante.

 

La pastoral familiar a su vez continúa sus iniciativas de sensibilización y se van constituyendo los Equipos en las diversas Vicarías Foráneas para la conducción de los encuentros o cursos para matrimonios (curso A) y, cuando esos Equipos se han logrado en todas las Vicarías, entonces se comienza con la difusión del encuentro para novios (curso B) y con el fin de constituir los Equipos Vicariales para guiar dichos encuentros y, del mismo modo, se procede para la promoción de los encuentros para las parejas de la tercera edad (curso C). Este proceso, inevitablemente exigirá algunos años.

 

En la pastoral sectorial, la pastoral juvenil sigue su camino tratando siempre de actualizar los Grupos Promotores, de acompañarlos en su formación humana y espiritual y de hacer que todo el MJD se comprometa cada vez más por servir al camino de fe de todo el pueblo. Del mismo modo, se sigue el proceso iniciado con los educadores, con los docentes de religión en las escuelas del Estado y con los Colegios Católicos.

 

La novedad en esta fase es el comienzo de los otros movimientos o sectores especializados, comenzando por el de los niños. Este Movimiento Infantil Diocesano (MID) se inicia y promueve en forma análoga a la del Movimiento Juvenil. Del mismo modo, se inician los otros movimientos: obreros, educadores, empresarios, políticos, profesionales, etc. de acuerdo a la situación y posibilidades de la diócesis. Este tipo de movimientos es más fácil iniciarlos a nivel diocesano. No es excesivamente difícil encontrar católicos comprometidos en esos campos con deseos de promover un proceso de evangelización en el propio sector, tratando de integrar a todos los católicos presentes en el mismo y a todas las personas de buena voluntad. Creadas las Comisiones Diocesanas se inicia la organización de alguna actividad significativa a nivel diocesano que permita la invitación de todos los católicos presentes en el sector y esté abierta a la participación de todos los del sector. Así se inician estos movimientos, recordando siempre que en este primer encuentro hay que decidir un mínimo de estructura para que surja realmente un movimiento y no se realice sólo una acción que queda cerrada en sí misma.

 

En el campo de los servicios pastorales, según necesidad, se puede instituir y componer la Comisión Diocesana para la Catequesis pre-sacramental de adultos y la del OICA o rito de iniciación cristiana de adultos. Además se crea la Comisión de espiritualidad o piedad popular y se reorganiza la Comisión de Servicios de Caridad, ampliando los servicios que se ofrecen. Comisiones que hay que crear también a nivel parroquial.  

 

A nivel de estructuras, si no se ha hecho antes, ha llegado el momento de organizar el Consejo Pastoral Parroquial y de proceder de tal modo que todas las estructuras funcionen armónicamente como parte de un estilo de Iglesia. La carta a los cristianos adquiere una nueva estructura, porque la segunda página se dedica a dar una idea sobre cómo leer la Biblia y con qué llaves hacerlo y la tercera página se usa para una rúbrica nueva "ellos dicen.... yo os digo...." Responde a la necesidad de sostener a los que comienzan el camino de los grupos y a todos los colaboradores parroquiales ante los ataques directos o indirectos de aquellos que tienen algo que defender o tienen dificultad en comprometerse en los grupos o en otras formas de colaboración. "La mejor defensa de sí es el ataque a los otros". En realidad, la gente comienza a darse cuenta que no tiene razones para oponerse o estar al margen del proceso evangelizador y necesita encontrar algún argumento que lo justifique.

 

En esta fase, en conclusión, se completa, al menos inicialmente, el conjunto de estructuras pastorales que hay que asegurar que funcionen de acuerdo al ideal. En las experiencias ha aparecido la dificultad por parte de los agentes de pastoral de comprender que todas las estructuras están al servicio de las personas. Es decir, que las estructuras no son el vehículo para hacer pasar las ideas más o menos válidas de los miembros de los organismos diocesanos o parroquiales sino para ver cuales son las iniciativas y los métodos que ayudan a las personas a crecer, de acuerdo a sus necesidades y potencialidades. Esta conversión suele ser la más difícil de obtener. Se parte más de lo que nosotros -agentes de pastoral- podemos ofrecer a la gente en razón de sus necesidades que de lo que la misma gente puede hacer de acuerdo a sus potencialidades y posibilidades. Las Comisiones Diocesanas deben partir de una exigencia realmente educativa para servir al crecimiento de las personas y de la comunidad.

 

 

b)         Segunda fase: la fe

 

La segunda fase se centra en redescubrir la fe y sus exigencias como hechos de vida. El primer año se dedica a redescubrir la fe como estilo de vida, el de Cristo; no en el sentido de tratar en directo la persona de Cristo, sino porque se desarrollan o explicitan las actitudes que exige la fe cristiana hecha vida. El segundo año se dedica a descubrir la misma fe como estilo de relación con los demás y en el tercer año se ayuda al pueblo cristiano a reconocer la necesidad de proclamar la fe en público que muchas veces se proclama en el "privado". En concreto los enunciados posibles correlativos a estos núcleos son:

 

  • Aceptar los "porqué" de Dios, su sabiduría en las situaciones que el hombre no puede comprender; decir nuestro "sí" y pacificar nuestro ser, aceptando lo que Dios permite; abandonarse confiadamente en el amor de Dios, como niños en las manos del Padre; asumir el riesgo de la fe, creer que es posible lo que parece imposible, y dar el paso que ahora es posible; superar el temor y el miedo que se oponen a la fe; tener la osadía de la fe y hacer lo que Dios quiere, confiando en que El nos dará la añadidura; convertirse a actitudes y modos más conformes con lo que Dios quiere; asumir con valentía las consecuencias de las propias opciones, dejando de lado las reacciones de los otros; fortaleza y paciencia en la vivencia de la fe son exigencias indispensables cuando esa vivencia va contra corriente...
  • La fe en Dios se hace fe en la persona humana; ver al otro desde y en el amor de Dios; reconocer la dignidad de toda persona más allá de las condiciones exteriores; reconocer en cada persona al hijo de Dios; creer en el otro, en su capacidad de superación; ver a todo otro en su distancia frente a Dios; ejercitar la corrección fraterna según el Evangelio; ejercitar la promoción fraterna de modo cada persona haga fructificar lo mejor de sí...
  • La fe en Dios se proclama; la necesidad de superar el miedo, el temor y el respeto humano...; valentía en decir y proclamar lo que se cree; la libertad de los hijos de Dios; la libertad frente a sí mismos; la libertad ante los condicionamientos externos de ideologías, grupos...; coherencia y sacrificio en actuar de acuerdo con la fe; la solidaridad entre los creyentes; la fortaleza del Espíritu para proclamar la propia fe.

 

En esta fase, se continua el proceso en todos los campos y más que cosas nuevas se trata de dar el mínimo de consistencia a todo lo que ha nacido en esta etapa. La novedad mayor en este momento puede aparecer como reacción por parte de quienes tienen intereses que defender ante el proceso de evangelización. De hecho ya se ha hablado de ello en la cuarta parte, sección primera, capítulo 3.

 

Si no se ha hecho antes, este es el mejor momento para anunciar, preparar, organizar y realizar el Acontecimiento Redentor de la pastoral familiar para el nacimiento formal del Movimiento Familiar Diocesano MFD, como ya se ha explicitado detalladamente en el capítulo precedente, título 1.3.

 

Del mismo modo, se podría pensar en un encuentro especial del MJD, ya que en este período se necesita asegurar el compromiso de los jóvenes al servicio del crecimiento de la comunidad eclesial que pasa o puede pasar por un momento de contradicción, cosa que hasta entonces no había sucedido. Además, es posible que cuando la gente siente que el mensaje evangélico comienza a pedirle una definición, entonces rechace la insistencia de los jóvenes sobre el cambio de mentalidad y la conversión que sigue. Urge, en ese momento, poner a los jóvenes ante su responsabilidad y sostenerlos en su compromiso, incluso defenderlos. Mejor sería prever la dificultad y defenderlos con anticipación.

 

 

c)         Tercera fase: la opción por Cristo

 

La tercera fase se centra en la persona de Cristo y en su misterio. El primer año se dedica al redescubrimiento de las actitudes con que Cristo vivió su relación con Dios y con los hombres y mujeres de su tiempo y para ayudar a los cristianos a asumir las actitudes de Cristo y en orden a proclamar su fe. El segundo año se dedica a percibir la novedad y los alcances del mensaje central del "Sermón de la montaña" (Mt cap. 5-7). El tercero se ocupa del misterio de Cristo en orden a promover la profesión de fe en El. Los enunciados del mensaje son:

 

  • Actitud de Cristo frente a las autoridades eclesiásticas de su tiempo; ante la autoridad civil, ante las leyes civiles; ante los ricos; los pobres; los enfermos; los niños; ante su Padre...
  • Bienaventurados los pobres de espíritu; vosotros sois la luz del mundo y la sal de la tierra; la justicia nueva, superior a la antigua; el amor a los enemigos; ser perfectos como el Padre celestial es perfecto; la oración del padre nuestro; el perdón recíproco de las ofensas; no se puede servir a Dios y al dinero; abandono en la Providencia; no juzguéis y no seréis juzgados; hacer a los otros lo que queremos hagan con nosotros; los verdaderos discípulos.
  • Cristo en su misterio, siguiendo el año litúrgico: la encarnación, como asunción por parte de Dios de la causa del hombre: Cristo Dios-hombre; el sentido de la vida de Cristo: hacer la Voluntad del Padre, es decir, dar la vida por la salvación universal; el Misterio Pascual, como rescate, reconciliación, salvación-redención y exaltación-resurrección; la presencia continuada de Cristo por obra del Espíritu.

 

Con esta fase se llega de nuevo a un momento determinante de la experiencia catecumenal del pueblo de Dios: el Sínodo Diocesano. Como ya de dijo para la Semana de la Fraternidad, es necesario evitar todo otro dinamismo que no sea el de comprometer a las personas en el dinamismo del Sínodo. Dinamismo que tiene como objetivo la opción por Cristo como pueblo de Dios.

 

Ya se ha dicho sobre el anuncio, la preparación, los encuentros pre-sinodales y el desarrollo del mismo Sínodo. Sin embargo, y a propósito de los encuentros pre-sinodales, de acuerdo a la situación de la diócesis, sería de desear que, además de los grupos de familias, cada sector pastoral (niños, jóvenes, obreros, educadores, empresarios, políticos, educadores, etc). organizara pequeños grupos con gente del propio sector, para tratar los mismos argumentos pero desde la óptica del propio sector y de modo que todos los aportes converjan en el texto-base del Sínodo. Después, en el Sínodo, todos juntos, en los grupos de familias, reorganizados, verifican los textos y celebran el Sínodo. De este modo, el Sínodo será una extraordinaria experiencia de pueblo de Dios, en su diversidad y unidad, como de hecho acontece.

 

 

3. El acontecimiento conclusivo de esta etapa y su preparación

 

Es el Sínodo Diocesano en el que el pueblo de Dios con su Obispo trata de confrontar algunos aspectos particularmente importantes de la vida de la Iglesia local con Cristo y su mensaje y se pregunta qué es lo que Cristo le pide. Se trata de la opción por Cristo por parte del pueblo de Dios de la Diócesis.

 

Generalmente, la gente en los grupos de familia da todos los elementos para componer cinco documentos que, normalmente, han sido: qué pide Jesús a la comunidad creyente frente a los pobres y débiles; qué pide frente a los jóvenes y a estos frente a la comunidad; qué pide a la familia que se dice cristiana; qué pide a la comunidad en la relación fe y política (o frente a problemas propios del ambiente: el turismo, la migración...); qué pide frente a los mismos grupos de familias. Además se pide a las familias que respondan a algunas preguntas para componer la profesión de fe del pueblo de Dios.

 

Seis Comisiones parroquiales componen los textos-base de los cinco documentos y de la Profesión de fe. Los textos se recomponen a nivel de Vicarías foráneas y luego el EDAP compone los seis textos-base diocesanos que, después, se envían a todas las parroquias.

 

El Sínodo se desarrolla normalmente en tres semanas. En la primera, después de la inauguración del Sínodo en la misa dominical, de lunes a viernes se realizan los cinco encuentros en grupos familiares y en los que se ofrecen las modificaciones que se crean oportunas. El sábado en una asamblea parroquial se aprueban las modificaciones al texto-base. En la segunda semana, el EDAP hace la síntesis de las modificaciones en un único texto y el sábado se reúne la Asamblea Sinodal que, con la presidencia del Obispo, aprueba las modificaciones propuestas. El texto final se edita con la aprobación del Obispo. El sábado de la tercera semana se hace, a nivel diocesano, la Celebración Eucarística de clausura del Sínodo con la participación de representantes de todas las parroquias y en la que el Obispo y los miembros de la Asamblea diocesana firman el texto oficial del Sínodo y la comunidad presente proclama su "profesión de fe". Durante esta celebración, en las parroquias se hace una vigilia de oración y al día siguiente se clausura el Sínodo a nivel parroquial con una Celebración eucarística en la que se proclama la profesión de fe en Cristo y se celebra el compromiso por continuar el camino de fe.

 

La preparación del Sínodo Diocesano comienza al menos tres años antes. Con la evaluación de la segunda fase de esta etapa, se decide si pasar a la tercera como prevista y, por tanto, si se realiza el Sínodo en el tiempo correspondiente. Al planificar la tercera fase se planifica la preparación y realización del Sínodo Diocesano cuidando el cálculo de los tiempos que se van a necesitar. La preparación consiste en un proceso similar al de la Semana de la Fraternidad, al que se añaden cinco encuentros mensuales pre-sinodales en los que la gente ofrece los elementos con los que componer los cinco textos base de los documentos sinodales. Contemporáneamente se envía un cuestionario a las familias para componer la profesión de fe en Cristo con las respuestas al cuestionario.

 

Así la preparación y celebración del Sínodo es una forma de aplicar lo que el OICA dice a propósito de los "escrutinios" o discernimiento y de expresar a nivel popular la profesión de fe en Cristo que él pide. En realidad el Sínodo es una profunda experiencia de pueblo de Dios que opta por Cristo y su Evangelio. Después del Sínodo se continúan los temas previstos para el tercer año de la tercera fase y con los temas restantes de los grupos familias. Al momento que es posible, se consigna con alguna forma celebrativa el texto del Sínodo a todas las familias.

 

 

4. La conversión que se pretende y a la que se sirve en esta etapa

 

Como proceso evangelizador, el de esta etapa es un proceso de conversión-renovación que afecta a toda la realidad de la Iglesia local. Inicia la conversión que corresponde a la espiritualidad comunitaria. Superada la novedad inicial y purificados los grupos de familias, después de una euforia inicial, se entra en una etapa en la que de hecho la gente se encuentra cada vez más frente a Cristo y a la necesidad de definirse ante El. La comunión se hace en El.

 

Este proceso de conversión afecta al conjunto de los cristianos que son llamados poco a poco, como pueblo de Dios, a pasar:

 

  • de una religiosidad o piedad popular, en la que coexisten elementos de fe junto a otros de superstición, míticos, de mera costumbre social, etc., a la opción de fe en Cristo, hecha por el pueblo en cuanto pueblo, y a la expresión de su comunión en esa única fe;
  • de una fe que se entiende y vive sobre todo como "culto", cumplimiento de un "deber" o expresión de "sentimiento" religioso al que dar satisfacción, a menudo sin unidad entre "culto" y vida, a otra situación, en la que toda la existencia se vive, o al menos se intenta vivir, en la fe y desde ella;
  • de una fe que se entiende y se vive como algo individual, como un dato privado, aunque sea común a muchos a otra vivencia de la fe, comunitaria y compartida como experiencia de vida eclesial y compromiso social y de pueblo;
  • de una fe poco más que sociológica, a una experiencia testifical de la fe, que se confiesa en público y que poco a poco empieza a determinar los criterios y parámetros de la vida social.

 

El proceso de conversión afecta también a la estructuración de la Iglesia. Todas sus estructuras van pasando por una transformación gradual:

 

  • de una fe "proclamada desde arriba" se va pasando a un "compartir" la fe; en la búsqueda hecha en común de la voluntad de Dios; en la intercomunicación de la experiencia de fe de cada uno; en la entrega y acogida recíprocas de la verdad y de la bondad de Dios, realizada en la comunicación y en el diálogo de quienes lo buscan sinceramente;
  • la comunicación de la fe con gestos y palabras de amor, se hace tarea de todos; se evangelizan los unos a los otros a través de nuevas formas de participación;
  • la catequesis pasa a ser primordialmente confrontación entre vida y Evangelio;
  • la predicación se convierte en lectura en la fe de las situaciones concretas que afectan a la comunidad;
  • la liturgia, de cosa "distante, sacral y ritual" se convierte poco a poco y cada vez más en celebración de la vida de la comunidad cristiana y reencuentra su valor de signo y su eficacia de instrumento de la renovación de la vida cristiana;
  • de una organización piramidal en la que el párroco es la cúspide de una pirámide, el "factotum" del que todo depende y sin el que nada se mueve, a otra en la que el centro se sitúa en la misma comunidad ministerial; en ella los laicos y cada uno de los colaboradores va asumiendo su rol y el presbítero va redescubriendo su rol de presidente de una comunidad que anima en la fe y en la caridad, como padre en el Espíritu y como hermano entre hermanos;
  • en esta conversión que afecta a todas las estructuras, las asociaciones, los movimientos y los grupos apostólicos superan ciertas formas que aparecen como "capillismo" y como los dueños exclusivos de su carisma para pasar a otra situación en la que

 

  • se redescubren a sí mismos como parte de una comunidad-Iglesia, en y desde la cual el Espíritu les concede un don en pro de la renovación y edificación de la Iglesia,
  • se abren a los dones de otros y a la multiplicidad de los ministerios que el Señor suscita;
  • se ponen al servicio de toda la comunidad; lejos de pretender hacer prosélitos para que su grupo se agrande, saben desaparecer para que crezca la gran realidad querida por Dios, la Iglesia, como sacramento universal de salvación integral.

 

En definitiva, con esta etapa comienza a tomar forma una Iglesia comunional que inicia con el nacimiento de los grupos de familias y crece con la confrontación entre fe y vida realizada como dinamismo relacional de la Iglesia local y tiene su horizonte en Cristo, a quien debe conformarse para ser alabanza del Padre.

 

 

5. La crisis en esta etapa

 

Con la invitación a manifestar públicamente la propia fe y a imitar las actitudes de Cristo en las relaciones mutuas, comienza un proceso en el que se pone a los católicos ante la necesidad de definirse por Cristo, cosa que implica un modo de relación no sólo interno en la Iglesia sino también en relación con la sociedad. Aquí comienza la crisis: tener que definirse, que tomar posición ante situaciones que antes se aceptaban en la confusión y sin hacerse un problema moral. Tener que dar la cara y hacer un esfuerzo coherente con los valores que se quieren vivir, pone las personas en situación de "reflexión", de silencio, de pasividad, previa a la definición personal y colectiva. Esta es la crisis típica de esta etapa. Crisis que una gran parte de la gente supera precisamente en el Sínodo cuando vive la experiencia de que son tantos los que en realidad quieren vivir los mismos valores y luchan por lo mismo.

 

Esta crisis toca el modo de pensar, la jerarquía de valores, las relaciones en la familia, en la sociedad (escuela, municipio, grupos sociales e intermedios...), el uso del tiempo... El Evangelio, paradojalmente, mientas exige amar a todos, al mismo tiempo exige para sí mismos la intransigencia propia de la fidelidad a Cristo. Intransigencia que para otros es sin duda contestación ya que se prefiere la coherencia con el Evangelio a la laxitud que luego se paga en términos de pérdida de la dignidad personal, de la de los hijos y de la misma familia. Toda familia comienza a darse cuenta que no se puede estar bien con Dios y con el diablo al mismo tiempo. Toma conciencia de su debilidad, a veces no logra superar las situaciones creadas pero se da cuenta que debería superarlas.

 

Consecuentemente, la crisis, el conflicto es inevitable entre los que honestamente quieren ser coherentes con su fe y quienes usan también la religión para buscar el poder económico y político, como poder de influencia o de gestión de la cosa pública, sólo para defender sus propios intereses, incluso haciendo alarde de su nombre de "católicos". Comienza a distinguirse "quien es quien" en términos de honestidad y de "fariseismo". La lucha entre honestos y deshonestos se comienza a expresar en términos políticos o, mejor, esta distinción penetra en las asociaciones sociales, económicas y políticas y divide los mismos partidos políticos. Ya no se puede evitar la lucha entre quienes con sus límites quieren servir a los demás o por lo menos no quieren servirse de ellos y aquellos que tienen como horizonte de vida el defender sus propios intereses, caiga quien caiga.

 

El proceso de evangelización provoca inevitablemente esta división pues la verdad es como una espada de doble filo y la opción por Cristo, por el Evangelio, se convierte en signo de contradicción. De hecho, en la medida que un pueblo crece en identidad y aprende a ser sujeto de su propio destino, a medirse con los valores del Evangelio, en esa medida vive un "hecho político", si bien en el ámbito de la Iglesia y sólo en nombre de la fe. Pero vivir este "hecho político", este estilo de vida, significa e implica una confrontación con las ideologías y modos de hacer de los "partidos políticos" y con la gestión de la "cosa pública". El pueblo, por su parte y de acuerdo a su sabiduría, va a exigir que la acción de los partidos y la gestión de la cosa pública se adecuen a su estilo de vida y a sus necesidades.

 

De este modo, entran en crisis tanto los partidos políticos como los gestores de la cosa pública. Están ante el desafío de un pueblo que les exige estar a su servicio, tanto como personas que como instituciones. Ante esto, la reacción de los que se sienten amenazados puede ser doble: reaccionar duramente contra quienes aparecen como los responsables de esta toma de conciencia del pueblo, concretamente la parroquia, o, si ello no es posible o no conviene, ver cómo "comprar" o "neutralizar" a los responsables parroquiales o, por el contrario, ver cómo ganarse o "comprarse" la gente con formas cada vez más sutiles de instrumentalización y engaño.

 

En este conflicto, lo importante es que el párroco y los dirigentes de la comunidad parroquial mantengan siempre relaciones de caridad con todos y al mismo tiempo no pierdan la firmeza para contestar evangélicamente a quienes son lobos con piel de oveja. Caridad y firmeza con las personas y sus familias y, al mismo tiempo, firmeza evangélica ante las instituciones y los roles y modos con que esas personas e instituciones actúan. Así las relaciones, aún con los más recalcitrantes, quedan abiertas para invitar una y otra vez a la conversión a la que todos estamos llamados.

        

 

6. Algunos frutos

 

En general, se puede decir que todo lo que inicialmente apareció ya como fruto inicial en la etapa anterior, ahora se consolida y adquiere la estabilidad propia de un estilo de vida. Además, hay que añadir cuanto se dice del tipo de conversión propio de esta etapa. De todos modos hay algunos frutos particularmente significativos que se pueden señalar a propósito de esta etapa.

 

El primero y más importante es la experiencia que el pueblo tiene de "ser de Dios" y de que "Dios está en medio de su pueblo". Sentirse y saberse "pueblo de Dios" que participa, vibra y quiere vivir de los mismos ideales y valores. Por primera vez tiene la experiencia de ser sujeto pastoral que, como Iglesia local, a partir de la comunicación de sus convicciones más profundas, de su conciencia religiosa y de fe, elabora los documentos pastorales que deben guiar su propia vida como Iglesia local. Se encuentra consigo mismo como pueblo de Dios y tiene la conciencia sapiencial de que allí, en su interioridad, vive el Espíritu que es Dios, allí donde todos se encuentran en la única verdad, en la complementariedad de la parte que cada uno ve y aporta, allí donde el amor busca la convergencia y se sabe amado. Es la experiencia de la unidad como Iglesia local: todos juntos definen la voluntad de Dios sobre ella y el Obispo con sus sacerdotes confirma esa voluntad de Dios que ha surgido de la conciencia de un pueblo que quiere ser discípulo de Cristo. Es la experiencia primera, como pueblo, de que Dios presente en él es como una energía termonuclear capaz de transformar el mundo.

 

Las familias, por su parte, se sienten al centro de las tensiones entre la comunidad eclesial y los grupos de "poder" y al mismo tiempo de la tensión interna a la misma comunidad eclesial llamada a definirse. Van tomando conciencia de que de ellas depende tanto la vida de la Iglesia como de la sociedad. La vida familiar se encuentra cuestionada por la fe y puesta en condiciones de tener que definirse ante ella. Insensiblemente la fe y las cosas relacionadas a la comunidad eclesial pasan a ser el tema prevalente del diálogo familiar. La oración y su pertenencia a la comunidad eclesial y a lo que ella implica, incluida la necesidad de proclamar la propia fe, entra a hacer parte de su vida cotidiana y resulta como el "aire" que se respira.

 

Los grupos de familias, a su vez, se redescubren como "iglesia doméstica" que observa la situación en que se vive y a ella dentro de la misma, que se deja iluminar por el Evangelio para llamarse a conversión y orar, y que mira a su ideal para comprometerse en su actuación "aquí y ahora" en el medio ambiente en el que están situadas. En la práctica y desde la experiencia, los grupos familiares se definen también ellos como comunidades eclesiales, Iglesias domésticas, no en contraposición las unas de las otras sino toda expresión y vivencia de una única Iglesia de Cristo, en y como Iglesia local.

 

Además, en la composición de los documentos sinodales aparece la sabiduría popular unida a la religiosidad y al sentido de la fe (sensus fidei) del pueblo cristiano y que los presbíteros viven con gozo, dándose cuenta que en realidad ellos más que "maestros" en el sentido común de la palabra (alguien que enseña algo a alguien que no sabe), lo son en el sentido de educadores que facilitan, promueven y ayudan al pueblo a expresar lo mejor de sí, lo que Dios dice desde la conciencia de su pueblo y que ellos, a su vez, en virtud del ministerio recibido, confirman en nombre de Cristo. Entonces, todo el pueblo de Dios, incluido el presbiterio, sabe cual es la voluntad de Dios sobre él. Entonces, el presbiterio y con él todos los colaboradores se saben servidores al mismo tiempo de Dios y del pueblo que lo busca con sinceridad de corazón. El Obispo con sus presbíteros tiene la experiencia, quizás primera, de ser auténtico presbiterio que junto con el resto del pueblo de Dios en el recíproco don de sí, todos se construyen mutuamente como cuerpo de Cristo, como Iglesia local.

 

Un último fruto es que el Sínodo diocesano resulta, de hecho, la experiencia más significativa de participación del pueblo de Dios en la elaboración del plan diocesano de la tercera etapa. En realidad, en los encuentros de los grupos de familias, en las respuestas a la primera parte del encuentro, observación de la realidad, el pueblo de Dios da los elementos para reformular el análisis de la situación. En la reflexión bíblica da elementos de motivación para la renovación espiritual. En la confrontación da elementos del tipo de conversión y renovación al que servir y, en fin, en el compromiso confirma, por una parte, el ideal que está al origen como plan global y da una serie de indicaciones prácticas para la elaboración del nuevo plan diocesano. También en esto se tiene la experiencia de caminar juntos como pueblo de Dios.

 

De lo dicho, sin embargo, no se debe creer que ya todo está logrado. Todo se da en la debilidad, en la fragilidad de personas y de una comunidad que todavía están como saliendo de su adolescencia espiritual, gozosa de su experiencia, pero también más consciente de su debilidad y de que lo que ha dicho y expresado en el Sínodo es más expresión de su ideal, de lo que quiere vivir que de cuanto de hecho vive. Pero, querer vivir y reconocerlo como tal es ya el comienzo del camino que llevará a todos a vivirlo en una cierta medida, abierta a mejores y más auténticas realizaciones.